miércoles, 26 de marzo de 2025

FRASQUITO EL ESTIRAO

 

                           FRASQUITO EL ESTIRAO  Paco Arana

                            


Frasquito El Estirao llegaba cada año a la ciudad en vísperas de las fiestas patronales, contratado por la empresa taurina, para calentar el ambiente con la pega de carteles de la feria burgalesa y el reparto de folletos informativos. Era Frasquito un cuarentón de mucha altura y poca hechura que en su primera juventud había rodado por las plazas de toros y tinglados de media España, actuando en la parte seria del Bombero Torero, presumiendo también de haber realizado El Salto de la Garrocha, El Quiebro desde una Silla y refería con su gracia habitual que, cuando estuvo herido e inmovilizado por algún percance, hizo incluso El Tancredo vestido de blanco impoluto y quieto en el ruedo como una columna de mármol. Agilidad, valor, inteligencia y gracia eran los ingredientes necesarios para estos quehaceres tan variopintos y arriesgados del repertorio fundamental de aquel circo taurino.

Frasquito sintió desde niño la llamada para el arte y, semejante a lo que hiciera Manolete, se inició con los espectáculos cómico-taurinos donde, amén de los alardes referidos, ejecutaba por derecho el volapié con aquellas vaquillas  resabiadas y algún que otro novillo de media sangre.

Muchas fatigas de carretera y hambre con aquellas mojigangas de los enanitos toreros, muchas tardes de sonados fracasos y guasonas recompensas y muchas noches de soledad en alcobas de sórdidas pensiones de pueblos olvidados; sin embargo cada tarde hacía Frasquito el paseíllo con la ilusión de que algún día lo descubriera un apoderado influyente y lo pusiera en una terna de primeras figuras. Presumido y orgulloso, con su traje rescatado del arcón de un anticuario, que bien pudo haber sido de León Rupelo, peón del glorioso Costillares, paseaba Frasquito con una elegancia tal en sus andares que se sentía muy capaz de embelesar a la más hermosa mujer de los tendidos.

 

                                                            II

 

Probó suerte una vez en la feria de Sanlúcar, en un mano a mano con El Inclusero, y les pusieron seis alimañas, seis morlacos de toros resabiados de un encaste desconocido que había traído el empresario de un desecho que tenía para carne y no pudieron hacer otra cosa que humillar a los astados con cuatro pases de castigo, y a base de estocada y descabello enviarlos de nuevo al matadero, de donde nunca debían de haber salido.

Aquella noche rumió Frasquito su tristeza por la playa de Sanlúcar, maldiciendo su destino sin salida junto al Guadalquivir que agonizaba entre las olas; allí dejó El Estirao sus ilusiones toreras, y en su noche de amargura decidió abandonar el mundo de los toros para vivir la cercanía de La Fiesta entre los bastidores de este otro submundo taurino. Alejado el corazón de la gloria o el fracaso, pensó en dedicarse a estos otros menesteres para él menos arriesgados y quizá más lucrativos.

 

Pues sí, Francisco Ruiz Postigo, “Frasquito El Estirao”, natural de La Isla de San Fernando, (Cádiz), español, andaluz, soltero, alumbrado por la gracia de su tierra, hijo de Salvador y María Amparo y por ende, bien  nacido, tenía un contrato de trabajo como Jefe del Departamento de Relaciones Públicas de la Empresa Tauro-España y así figuraba en la tarjeta de visita que exhibía para ejercer aquel oficio tan digno y tan legítimo como el más distinguido; tenía a su vez otros quehaceres no tan propios de su cargo, pero muy sustanciosos, pues una vez colocados los carteles y entregada la propaganda de los toros, comenzaba su gestión en la reventa de boletos para las corridas de la Feria Taurina, así que, paseaba a mediodía muy castizo por los bares de la zona y anunciaba con su voz y su inconfundible deje gaditano:

                  -Sombra pa los toros, oiga. Sombra pa los toros.

Cuando llegaba la tarde, poco antes de la corrida, se mezclaba en el bullicio de La Fiesta y recorría de arriba a abajo la cola de las taquillas con este otro mensaje tan bien aprendido:

                  -Que se acaba lo bueno, aprovecharse, señores que ya está aquí otra vez  Frasquito.

                                   Señores afisionaos

                                   no se queden sin entrada

                                   las tengo de sol y sombra,

                                   de barrera y de andanada.

                                   Pa la señora,

                                   también llevo abanicos

                                   que están de moda.

                                    Vaya terna de solera

                                    la flor de la torería

                                    Finito, El Tato y “Maera”

                                    toreros de dinastía.

Frasquito negociaba así el papel con los aficionados retrasados y con los olvidadizos; compraba el sobrante de lo bueno a bajo precio y lo volvía oro fino.

Ya en la plaza tomaba su asiento de sombra en un lugar cercano a la banda de música, para cumplir con su contrato de animador experto en relaciones públicas y desde allí, provocar a voz en grito al respetable con su discurso y con sus palmas que, contagiado por la gracia gaditana del voceras, le seguían aplaudiendo y animando los tendidos:

-Música. Gritaba El Estirao y repetía varias veces.

-Músicá, músicá, músicá. Gritaba ahora el gentío provocando a “la borracha” que iniciaba un viejo paso-doble a bombo y platillo.                                            

Y cómo jaleaba la faena de los diestros; había una gran parte del graderío de sombra que ya le conocía, pues algunos le habían comprado las entradas, y le hacían comentarios al respecto:

-Vaya una pera en dulce, ese toro. !Eh! Frasquito, cómodo, pronto, noble... un carretón sin peligro... te digo yo que a ese lo torea hasta mi suegra, la pobre, que es un pan bendito.

-Razón tiene don Hilario, este encierro está apañao.

Y así, tan dignamente, se ganaba la vida Francisco Ruiz y volvía de nuevo cada año por San Pedro al trajín de las entradas, los carteles, las almohadillas y los pintureros.

 

                                          III

 

Aquella noche se encontraba Frasquito en una tertulia del hotel donde solían alojarse los toreros, y se acomodó al lado de don Nemesio, cliente y amigo, conocido notario de la plaza, acompañado, esta vez, de una hermosa mujer extremadamente coqueta. Así que, tiempo le faltó al Estirao para saludarles y florear a la dama:

-Buenas tardes, don Nemesio y la compaña.

-Buenas tardes, don Francisco.

-Qué hermosura de sobrina tiene usted...

-No es mi sobrina, Frasquito, es una clienta.

-Hola, guapa -la dijo El Estirao.

-Hola, que tal, encantada.

-Encantado yo. ¿Cómo te llamas? Yo Francisco.

-Ya se lo he oído a don Nemesio -le dijo la muchacha-. Yo me llamo Amparo... luego, cuando termine el coloquio, hablamos.

-Amparo, como mi madre, vaya nombre más bonito.

Terminada la tertulia, se agarraron los tres a la barra del bar y pidieron café con leche, cerveza y vino. Comenzó la charla don Nemesio alabando las virtudes de Frasquito, y después dirigiéndose a la muchacha, la dijo:

              -Mira Amparo, este hombre es lo que tú necesitas. con Frasquito no hay penas ni desgracias, él es del todo divertido, con decirte que es de Cádiz, donde, según dicen ellos y la copla, ni siquiera el hambre la sienten... ya te digo.

Y luego a Francisco, más de lo mismo:

           -A ver donde encuentras tú una moza casadera con mejores atributos: joven, limpia, guapa y millonaria; una novilla de una pieza, criada a yerba tierna, con ganas de casarse, de ser madre y de tener su propio cortijo.

-Qué graciosa la niñata burgalesa -dijo Frasquito-, así al casorio de repente, eso es para pensárselo, que yo paso ya de los cuarenta y tengo el colmillo retorcido.

-Frasquito, el tema no puede esperar. Amparo necesita casarse de repente. Pero claro, a ver cómo te lo explico... tres meses la faltan para el caso y...

-Qué pasa, está preñada. ¿No? -Interrumpió Frasquito.

-De eso nada -intervino Amparo entonces- Verás… yo soy heredera de una gran fortuna que me ha dejado mi tía carnal que se ha muerto hace unos meses, pero como no quise meterme a monja, la muy gazmoña,  dejó en el testamento la condición que debería estar casada y bien casada para recibir el testamento, que es muy cumplido, así que... ¿Si te sirve?

-Vamos, Amparito que esto no se lo creen ni en Cái. Y... tendremos que practicar primeramente, ya sabes, hacer el amor,  o cohabitar, que a mí me da lo mismo.

En este punto interrumpió de nuevo don Nemesio:

-Bueno, bueno, ahorremos los detalles; aquí lo que conviene es que hagáis una amistad que se os vea en el café y paseando por la calle, agarraditos como dos enamorados. Ya sabes Amparito, que se entere tu albacea, que le anuncies vuestra boda y mejor que le invitéis, para mayor compromiso.

-Y qué pasa después del matrimonio -Replicó Frasquito.

-Que tendréis una vida regalada, una vida que tú Frasquito te  mereces y no digamos Amparito...

Se quedaron los dos callados, y aunque ella lo tenía muy claro, a Frasquito, silencioso y pensativo, le rondaba en la cabeza la idea de que lo iban a considerar en su tierra un mantenido y él se ganaba muy bien la vida con lo suyo para que luego viniera nadie a enmendarle la plana; se acordaba bien de aquella copla que cantara su padre en el tablao gaditano del  viejo Café del Perejil:                    

                       “Probesito aquel que come

                       el pan de manita ajena,          

                       siempre mirando a la cara

                       si la pone mala o guena.”

 

Salieron caminando por el centro y poco antes de llegar a su casa, don Nemesio, se despidió de los dos y les dijo:

-Buenas noches queridas. Ojalá que la Divina Providencia os ilumine  y os ayude, y nos veamos muy pronto en la iglesia… lo de la notaría ya lo arreglo yo que es mucho más sencillo.

Aquella misma noche, cogidos de la mano, pasearon su idílica puesta en escena con toda clase de detalles y ejercicios amorosos para llevar a buen fin su  cometido. Se gustaron y se amaron tiernamente y fue aquella boda un solemne y maravilloso compromiso para poder disfrutar de la nueva situación gracias a don Nemesio y la tía de Amparito.

  Hace ahora cinco años que vuelve Frasquito a la feria burgalesa del brazo de su esposa y los vemos tan felices; ella, hermosa y sonriente, es una dulzura andante, y él hace ahora el paseíllo por la grada de la plaza, “decorao” como un pincel, con el terno ajustado a sus hechuras, su sombrero, su buen puro, su clavel en la solapa y gritando alegre una vez más para que nunca se le olvide:

-Sombra pa los toros, oiga. Sombra pa los toros.

 

miércoles, 26 de febrero de 2025

 SEVILLANAS DEL QUE NUNCA FUE A SEVILLA Paco Arana

Puede ser una imagen de 2 personas, barco, el río Arno y el río Tíber

Háblame de Sevilla

dime como es

esa Torre del Oro

puesta del revés.
Yo la veo más bonita
reflejaíta en el río
contoneándose el talle
con el agua a su albedrío.
Háblame de Sevilla
cuéntame tú,
del barrio de Triana
lleno de luz.
Cuando paseo sus calles
se me aparecen los duendes,
cantando por soleares
desde Triana hasta el puente.
Háblame de Sevilla
cuéntamelo,
Una tarde de toros
temple y valor.
Silencio en la Maestranza
manola suspiros negros,
un toro de gloria y sangre
puerta príncipe, torero.
Háblame de Sevilla
enséñame,
a bailar sevillanas
que yo no sé.
Una guitarra doliente,
un coro que se ha “fundío”,
palmas, braceos, desplantes
y una noche en el Rocío.
Y tú que nunca fuiste a Sevilla
que sin verla ya sabes que la quieres
recorre calles, puente, río, orillas
y ensancha el corazón que se te muere.


miércoles, 19 de febrero de 2025

SAN VALENTIN

                                                               BAR PATILLAS Paco Arana

Esta noche suena el piano
en aquel antiguo bar,
esta noche han de bailar
aquellos enamorados.
Como siempre embelesados,
seguro que volverán
a vivir el verbo amar
de un tango casi olvidado.
Qué tendrá la noche inquieta,
y qué dirán sus canciones…
la alegría de vivir
remueva los corazones
con ese tango que aprieta,
noche de San Valentín.


domingo, 2 de febrero de 2025

FAENA TAURINA

                                                          FAENA TAURINA  Paco Arana


                                          

    
Pues yo que le he visto, tan solo un chiquillo,

jugándole al toro… aquella placita,

con su redondel.

Citando, burlando, a la inquieta fiera.

Parando, templando, cerrando los ojos

ante la embestida.

Abriendo  el  percal,

la suerte o la vida… después, ese quiebro,

que busca el embroque, ágil y  a compás…

y que viva el arte, del birlibirloque,

que le clava al toro, tres pares de ensueño,

sin titubear…

Clarines del miedo, la suerte suprema,

y un brindis al cielo, que ofrece el torero,

por aquel difunto, siempre en el recuerdo,

que dejó en el ruedo, su sangre y su vida.

Cornada certera, maldita cogida

del toro celeste, que clamando al cielo:

“Dios reparta suerte”.

Todo lo perdió.

¡Va por ti! Maestro. Suspiro chiquito,

que suena a oración.

Y este gran torero, tan buen rehiletero,

como matador,

nos deja su huella, en la rubia arena.

Grácil faroleo de muleta baja,

hondos naturales, desdén, trincherazo,

varios estatuarios, algún derechazo…

y  a cuadrar al toro para la estocada,

una verdadera lección magistral.

Garboso, certero, ardiente y cabal.

Grandioso torero, marcando los tiempos,

firme la derecha y la izquierda baja,

se lanza al morrillo, le vuelan los pies,

y clava el acero en un santiamén.


miércoles, 29 de enero de 2025

 

 

 

TARANTAS  Paco Arana

                                                           


 

En la boca de la mina,

allí se asomó el minero.

Como la vio tan profunda

pidió clemencia del cielo,

¡Por Dios! qué no se derrumba.

 

Afina bien la guitarra

para cantar por taranta,

que el minero cuando canta

su voz se rompe y desgarra

y su emoción parte el alma.

 

A hombros de cuatro mineros,

que lleva heridas mortales.

Va Rafael Caballero,

desde una mina en Linares

gritando un ¡Ay que me muero!