FRASQUITO EL
ESTIRAO Paco Arana
Frasquito
El Estirao llegaba cada año a la ciudad en vísperas de las fiestas patronales,
contratado por la empresa taurina, para calentar el ambiente con la pega de
carteles de la feria burgalesa y el reparto de folletos informativos. Era
Frasquito un cuarentón de mucha altura y poca hechura que en su primera
juventud había rodado por las plazas de toros y tinglados de media España,
actuando en la parte seria del Bombero Torero, presumiendo también de haber
realizado El Salto de la Garrocha, El Quiebro desde una Silla y refería con su
gracia habitual que, cuando estuvo herido e inmovilizado por algún percance,
hizo incluso El Tancredo vestido de blanco impoluto y quieto en el ruedo como
una columna de mármol. Agilidad, valor, inteligencia y gracia eran los
ingredientes necesarios para estos quehaceres tan variopintos y arriesgados del
repertorio fundamental de aquel circo taurino.
Frasquito
sintió desde niño la llamada para el arte y, semejante a lo que hiciera
Manolete, se inició con los espectáculos cómico-taurinos donde, amén de los
alardes referidos, ejecutaba por derecho el volapié con aquellas vaquillas resabiadas y algún que otro novillo de media
sangre.
Muchas
fatigas de carretera y hambre con aquellas mojigangas de los enanitos toreros,
muchas tardes de sonados fracasos y guasonas recompensas y muchas noches de
soledad en alcobas de sórdidas pensiones de pueblos olvidados; sin embargo cada
tarde hacía Frasquito el paseíllo con la ilusión de que algún día lo
descubriera un apoderado influyente y lo pusiera en una terna de primeras
figuras. Presumido y orgulloso, con su traje rescatado del arcón de un anticuario,
que bien pudo haber sido de León Rupelo, peón del glorioso Costillares, paseaba
Frasquito con una elegancia tal en sus andares que se sentía muy capaz de
embelesar a la más hermosa mujer de los tendidos.
II
Probó
suerte una vez en la feria de Sanlúcar, en un mano a mano con El Inclusero, y
les pusieron seis alimañas, seis morlacos de toros resabiados de un encaste
desconocido que había traído el empresario de un desecho que tenía para carne y
no pudieron hacer otra cosa que humillar a los astados con cuatro pases de
castigo, y a base de estocada y descabello enviarlos de nuevo al matadero, de
donde nunca debían de haber salido.
Aquella
noche rumió Frasquito su tristeza por la playa de Sanlúcar, maldiciendo su
destino sin salida junto al Guadalquivir que agonizaba entre las olas; allí
dejó El Estirao sus ilusiones toreras, y en su noche de amargura decidió
abandonar el mundo de los toros para vivir la cercanía de La Fiesta entre los
bastidores de este otro submundo taurino. Alejado el corazón de la gloria o el
fracaso, pensó en dedicarse a estos otros menesteres para él menos arriesgados
y quizá más lucrativos.
Pues
sí, Francisco Ruiz Postigo, “Frasquito El Estirao”, natural de La Isla de San
Fernando, (Cádiz), español, andaluz, soltero, alumbrado por la gracia de su
tierra, hijo de Salvador y María Amparo y por ende, bien nacido, tenía un contrato de trabajo como
Jefe del Departamento de Relaciones Públicas de la Empresa Tauro-España y así
figuraba en la tarjeta de visita que exhibía para ejercer aquel oficio tan
digno y tan legítimo como el más distinguido; tenía a su vez otros quehaceres
no tan propios de su cargo, pero muy sustanciosos, pues una vez colocados los
carteles y entregada la propaganda de los toros, comenzaba su gestión en la
reventa de boletos para las corridas de la Feria Taurina, así que, paseaba a
mediodía muy castizo por los bares de la zona y anunciaba con su voz y su
inconfundible deje gaditano:
-Sombra pa los toros, oiga. Sombra pa los toros.
Cuando
llegaba la tarde, poco antes de la corrida, se mezclaba en el bullicio de La
Fiesta y recorría de arriba a abajo la cola de las taquillas con este otro
mensaje tan bien aprendido:
-Que se acaba lo bueno, aprovecharse, señores que ya está aquí otra
vez Frasquito.
Señores
afisionaos
no se queden
sin entrada
las tengo de
sol y sombra,
de barrera y
de andanada.
Pa la
señora,
también
llevo abanicos
que están de
moda.
Vaya terna
de solera
la flor de
la torería
Finito, El
Tato y “Maera”
toreros de
dinastía.
Frasquito
negociaba así el papel con los aficionados retrasados y con los olvidadizos;
compraba el sobrante de lo bueno a bajo precio y lo volvía oro fino.
Ya en
la plaza tomaba su asiento de sombra en un lugar cercano a la banda de música,
para cumplir con su contrato de animador experto en relaciones públicas y desde
allí, provocar a voz en grito al respetable con su discurso y con sus palmas
que, contagiado por la gracia gaditana del voceras, le seguían aplaudiendo y
animando los tendidos:
-Música.
Gritaba El Estirao y repetía varias veces.
-Músicá,
músicá, músicá. Gritaba ahora el gentío provocando a
“la borracha” que iniciaba un viejo paso-doble a bombo y platillo.
Y
cómo jaleaba la faena de los diestros; había una gran parte del graderío de
sombra que ya le conocía, pues algunos le habían comprado las entradas, y le
hacían comentarios al respecto:
-Vaya una pera en dulce, ese toro. !Eh! Frasquito,
cómodo, pronto, noble... un carretón sin peligro... te digo yo que a ese
lo torea hasta mi suegra, la pobre, que es un pan bendito.
-Razón tiene don Hilario, este encierro está apañao.
Y
así, tan dignamente, se ganaba la vida Francisco Ruiz y volvía de nuevo cada
año por San Pedro al trajín de las entradas, los carteles, las almohadillas y
los pintureros.
III
Aquella
noche se encontraba Frasquito en una tertulia del hotel donde solían alojarse
los toreros, y se acomodó al lado de don Nemesio, cliente y amigo, conocido
notario de la plaza, acompañado, esta vez, de una hermosa mujer extremadamente
coqueta. Así que, tiempo le faltó al Estirao para saludarles y florear a la
dama:
-Buenas tardes, don Nemesio y la compaña.
-Buenas tardes, don Francisco.
-Qué hermosura de sobrina tiene usted...
-No es mi sobrina, Frasquito, es una clienta.
-Hola, guapa -la dijo El Estirao.
-Hola, que tal, encantada.
-Encantado yo. ¿Cómo te llamas? Yo Francisco.
-Ya se lo he oído a don Nemesio -le dijo la
muchacha-. Yo me llamo Amparo...
luego, cuando termine el coloquio, hablamos.
-Amparo, como mi madre, vaya nombre más bonito.
Terminada
la tertulia, se agarraron los tres a la barra del bar y pidieron café con
leche, cerveza y vino. Comenzó la charla don Nemesio alabando las virtudes de
Frasquito, y después dirigiéndose a la muchacha, la dijo:
-Mira Amparo, este hombre es lo
que tú necesitas. con Frasquito no hay penas ni desgracias, él es del todo
divertido, con decirte que es de Cádiz, donde, según dicen ellos y la copla, ni
siquiera el hambre la sienten... ya te digo.
Y
luego a Francisco, más de lo mismo:
-A
ver donde encuentras tú una moza
casadera con mejores atributos: joven, limpia, guapa y millonaria; una novilla
de una pieza, criada a yerba tierna, con ganas de casarse, de ser madre y de
tener su propio cortijo.
-Qué graciosa la niñata burgalesa -dijo Frasquito-, así al casorio de repente, eso es para pensárselo,
que yo paso ya de los cuarenta y tengo el colmillo retorcido.
-Frasquito, el tema no puede esperar. Amparo
necesita casarse de repente. Pero claro, a ver cómo te lo explico... tres meses
la faltan para el caso y...
-Qué pasa, está preñada. ¿No? -Interrumpió
Frasquito.
-De eso nada -intervino Amparo
entonces- Verás… yo soy heredera de
una gran fortuna que me ha dejado mi tía carnal que se ha muerto hace unos
meses, pero como no quise meterme a monja, la muy gazmoña, dejó en el testamento la condición que
debería estar casada y bien casada para recibir el testamento, que es muy
cumplido, así que... ¿Si te sirve?
-Vamos, Amparito que esto no se lo creen ni en Cái.
Y... tendremos que practicar primeramente, ya sabes, hacer el amor, o cohabitar, que a mí me da lo mismo.
En
este punto interrumpió de nuevo don Nemesio:
-Bueno, bueno, ahorremos los detalles; aquí
lo que conviene es que hagáis una amistad que se os vea en el café y paseando
por la calle, agarraditos como dos enamorados. Ya sabes Amparito, que se entere
tu albacea, que le anuncies vuestra boda y mejor que le invitéis, para mayor
compromiso.
-Y qué pasa después del matrimonio -Replicó
Frasquito.
-Que tendréis una vida regalada, una vida que
tú Frasquito te mereces y no digamos
Amparito...
Se
quedaron los dos callados, y aunque ella lo tenía muy claro, a Frasquito,
silencioso y pensativo, le rondaba en la cabeza la idea de que lo iban a
considerar en su tierra un mantenido y él se ganaba muy bien la vida con lo
suyo para que luego viniera nadie a enmendarle la plana; se acordaba bien de
aquella copla que cantara su padre en el tablao gaditano del viejo Café del Perejil:
“Probesito aquel que
come
el pan de manita
ajena,
siempre mirando a la
cara
si la pone mala o
guena.”
Salieron
caminando por el centro y poco antes de llegar a su casa, don Nemesio, se despidió
de los dos y les dijo:
-Buenas noches queridas. Ojalá que la Divina
Providencia os ilumine y os ayude, y nos
veamos muy pronto en la iglesia… lo de la notaría ya lo arreglo yo que es mucho
más sencillo.
Aquella
misma noche, cogidos de la mano, pasearon su idílica puesta en escena con toda
clase de detalles y ejercicios amorosos para llevar a buen fin su cometido. Se gustaron y se amaron tiernamente
y fue aquella boda un solemne y maravilloso compromiso para poder disfrutar de
la nueva situación gracias a don Nemesio y la tía de Amparito.
Hace ahora cinco años que vuelve Frasquito a
la feria burgalesa del brazo de su esposa y los vemos tan felices; ella,
hermosa y sonriente, es una dulzura andante, y él hace ahora el paseíllo por la
grada de la plaza, “decorao” como un pincel, con el terno ajustado a sus
hechuras, su sombrero, su buen puro, su clavel en la solapa y gritando alegre
una vez más para que nunca se le olvide:
-Sombra pa los toros, oiga. Sombra pa los toros.