TRISTEZA DE AMOR Paco Arana
Aquella noche la había pasado completamente en blanco con la cabeza a vueltas y atronada por los ronquidos de me marido. Mis congojas no me habían dejado pegar ojo después de leer aquel mensaje en su móvil poco antes de acostarme, me lo había aprendido de memoria: “Ya he ensayado mi primera clase, no es fácil pero creo que me servirá. Lo veremos juntos. Gracias Malú”.
Estaba dispuesta a plantarle cara y terminar con aquella situación que cada vez se me hacía más insoportable; prefería una separación amistosa a la inquina que me suponía pensar en las ocasiones que tendría de intimar con aquellas chavalitas que atendía a diario en el Conservatorio, por no hablar de la viudita aquella “perifuelles”, que se encaprichó del profe, anda que si no estoy al quite… la verdad que Rodolfo, con su natural simpatía y su amable sonrisa, había sido, sin saberlo, un gran seductor, y al día de hoy, con su empaque y sus canas de cincuentón, tenía una apariencia más interesante todavía.
Como cada mañana, apareció por la cocina al olor del café que humeaba por toda la casa. Para no variar, enredaba yo con los cacharros en la fregadera, y él se colocó a mi espalda, me acarició el trasero con su sexo, puso sus manos en mis muslos y me dejó un beso minúsculo en el pómulo de la oreja izquierda.
-Buenos días, Pepi. ¿Qué tal has dormido?
-Yo muy bien –le dije-. Y tú ¿tienes la conciencia tranquila?
-No sé de qué me hablas, hermosura.
-¡Ah no! Pues te vas a enterar. Mira esto.
Le acerqué su teléfono móvil con la pantalla iluminada en el mensaje y se lo puse delante de sus narices.
-A ver, a ver.
Leyó el texto en voz alta y me dijo tan tranquilo:
-¿Qué pasa, Pepi? Es María Lucía, una compañera de la orquesta. ¿Cuál es el problema?
-El problema es que tú tienes muy buen rollo con ella, y esas confianzas no se toman de la noche a la mañana. Que ya me conozco muy bien tus maniobras: que si coge el arco así, que si abre las piernas un poquito más, que si al chelo hay que abrazarlo como a un amante, y qué sé yo cuántas chorraditas.
>No estoy dispuesta a tolerar tus rollos y tus conquistas con las niñitas, tan ingenuas ellas. ¿Esta quién es? La de la faldita corta y el culillo respingón. Claro y os juntareis de nuevo. Pues muy bien. Yo no aguanto más. Te coges tus cosas con tu queridísimo chelo y desapareces. Hemos terminado.
-¡Vaya hombre! –Me atajó- Ya está el padre como anoche. Eres injusta conmigo, Pepi. Que yo a ti no te falto ni con el pensamiento y tú te empeñas en colocarme malos rollos. Como si no tuviera bastante con lo que tengo en casa para buscarme más problemas.
-¡Ah sí! Pues igual tengo que hablar yo con la mosquita muerta esa. Verás como la pongo al día y aclaramos el asunto enseguida.
-¡Serás capaz! –dijo Rodolfo y prosiguió- No, si lo mejor va a ser que te deje aquí todas mis cosas, con el chelo incluido, y me vaya al pueblo a labrar la huerta. Seguro que voy a ser mucho más feliz que contigo-.
Dicho esto, se metió en su cuarto dando un portazo.
Ahora me sentía todavía peor, el estruendo de la puerta me cayó como un cachetazo y continué con mi resentimiento dando voces por el pasillo:
-¿Y qué es lo que tienes tú en tu casa, cabrón? Pues muy sencillo: una gilipollas que no hace más que lavar, planchar, cocinar, criar hijos y sobre todo llorar. Sí, sí. Llorar esperándote cada noche a que termines tus “compromisos” y aparezcas como si fueras un huésped; cenes, te acuestes y hasta mañana. Pues se te acabó el chollo, majo.
Me brotaron las lágrimas de rabia sin un solo gemido y a partir de ese momento, enmudecí esperando una respuesta. No podía continuar vociferando, necesitaba sus disculpas y su arrepentimiento, pero por lo visto no había nada de qué hablar. Sentada en un taburete de la cocina, se me hacía eterno aquel silencio y, al rato, oí muy tenue el sonido del chelo.
Éste, pensé, pasa totalmente de mí, toda su vida gira únicamente en torno a su música y sus conciertos. Enseguida, reconocí la melodía. ¡Qué cabrón! Tocaba nuestro tema, nuestro himno, nuestra Tristeza de Amor.
No sabía qué hacer, otra vez me había seducido con aquella melodía, así que, enjugué mis lágrimas y me acerqué de puntillas hasta la rendija de la puerta de su cuarto, al tiempo que coreaba para mis adentros la letra con la que nos habíamos conocido y enamorado:
Tristeza de amor,
puñal cruel,
que me desgarra, cuando
pienso en él...
Empujé muy suave la puerta, que chirrió escasamente, y me encontré con su mirada de cristal clavada en mis ojos y sus brazos ceñidos al chelo como quien se abraza y se entrega a su amada. Lentamente me fui acercando hasta colocarme a su espalda, y después de “un largo suspirar de oro”, en una nota final y casi interminable, nos unimos en un beso apasionado y reconciliador.
Como siempre, la música seguía girando en torno nuestro.
domingo, 13 de octubre de 2024
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario