miércoles, 28 de abril de 2021

LA CUEVA DEL PICO GRAJO

 

                                                  MANUEL CARVAJAL    Paco Arana


                                      


                         LA CUEVA DEL PICO GRAJO  Paco Arana

La cueva del Pico Grajo, donde vivió Pallalón, un gitano canastero guitarrista de pasión. Flamenco entre los flamencos, humilde de condición, el más rico de los pobres y el más pobre por su honor.

Tuvo su cueva encalada y limpio cada rincón, en su sitio cada cosa sin puerta y sin mirador… macetas con clavelinas y una mecedora al sol, un fogón pa la candela y un modesto peinador, un camastro de dos plazas testigo de un gran amor, y una bajañí moruna con el alma de bordón.

Fue… una noche en la cueva que el maestro Pallalón, le dio lección a un muchacho, que con su padre llegó. Cómo lloraba el gitano con lágrimas de emoción de ver al niño tocando de su arte lo mejor.

 

 

 

 

martes, 20 de abril de 2021

EL PINAR DE PRADOLUENGO

  CALCETINES DE REGOLUNA EN PRADOLUENGO Paco Arana 13-04-21


Si pudieran hablar estos pinos centenarios,

llegando al corazón de los nuevos habitantes

con este colorido, discreto y elegante,

con este disfraz de calcetín extraordinario.

Nunca serán el palo de un buque navegante,

ni tapa de cofre con caudales millonarios,

  tronco de guitarra y su tañido libertario

y menos, catafalco de difunto mal-andante.

Será siempre este pinar lugar de regocijo,

espacio singular de diversas reuniones

donde han de gozar chicos y grandes por fortuna.

Preámbulos de boda y felices compromisos…

amores, amoríos, bailables las canciones,

la panza, la música y la danza en Regoluna.

 

 

jueves, 8 de abril de 2021

RELATO TAURINO "DE SALÓN"

 

                                                           TOREO DE SALON    Paco Arana

                             


Fue allá por el año cuarenta y siete del pasado siglo XX, que se alojaba y estudiaba en la Residencia Universitaria de Madrid el bachiller Juan de Olmedo. Procedía el tal mozo de la muy noble y monumental ciudad de Burgos y pertenecía a la no menos noble y distinguida familia Olmedo, asentada con negocios de parada y fonda y descendiente por la rama materna de un su abuelo que fuera, tiempo ha, notario ilustre de la plaza.

Corrían en España los duros años de la posguerra con aquella economía de subsistencia y el consiguiente apuro económico que forzaba al ayuno, el reciclaje del vestuario y otras penurias como el racionamiento, la miseria, el trapicheo y el hambre... en Madrid, sobre todo, había mucha hambre.
Tenía Juan la encomienda de licenciarse en derecho y colegiarse en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, pero llegado el mozalbete a la villa y corte, descubrió antes que nada el ambiente madrileño con sus cines de barrio, sus verbenas callejeras, sus tablaos flamencos, y todas aquellas tascas llenas de encanto, que tanto le atraían y donde empleaba gran parte de su esfuerzo estudiantil desobedeciendo el compromiso que tenía con sus progenitores y en perjuicio, claro está, de su porvenir como abogado.
Había por entonces en el barrio de Embajadores una típica taberna fundada por el padre del torero Antonio Sánchez en 1.880, que era ateneo de intelectuales, artistas, y toreros. El establecimiento, apodado hoy en día La Taberna de los Tres Siglos, no podía ser más castizo y elegante; presidido por un  retrato del Maestro Antonio Sánchez, “el de las veinte cornadas veinte”, pintado por don Ignacio Zuloaga, que fuera íntimo del ex-matador y tabernero, y decorado además con cabezas de toro, carteles taurinos y fotografías antiguas de atractivos y legendarios personajes, daba al local un sello de rancias costumbres toreras y un peculiar estilo emanado, sin duda, del buen gusto y la casta de su dueño.
Situado en la Calle Mesón de Paredes, convertida en esos años en paseo y escaparate de todas las gatas nocturnas madrileñas, que, con  sus hechuras ceñidas de llamativa y provocadora indumentaria, se exhibían y ofrecían sexo por poco dinero y algo que llevarse a la boca; era el barrio de Embajadores, según qué hora, un desfile de licenciados y licenciosos, currelas de ocasión y vagos de oficio, estudiantes y desempleados, macarras y señoritos, maleantes y catequistas, putas callejeras, putas de burdel y otras damas de alta alcurnia; obreros y patronos, curas y militares, políticos y funcionarios... digamos que se congregaba allí lo más señorial y lo más canalla y variopinto  de la sociedad madrileña de la época.
                         

En aquel Mesón de Antonio Sánchez, se citaban a diario los personajes más pintorescos y eran bienvenidos los artistas de lo flamenco y de la copla, intelectuales campechanos, estudiantes ociosos, ricachones del estraperlo, antiguos ricos en la ruina y sobre todo aficionados y profesionales taurinos, tanto en activo como rancios maestros ya retirados y toda suerte de gentes del toro. Allí se gestaban tratos y se cerraban contratos de los empresarios con las cuadrillas de banderilleros, picadores, ayudas y mozos de espadas para novilleros y toreros de escalafón en las ferias de diferentes plazas de España.
Asesorados y guiados por la experiencia y el conocimiento de don Antonio Sánchez, a ratos solían hacer demostraciones del arte de torear en las diferentes escuelas de tauromaquia; el joven Juan de Olmedo, tentado por la curiosidad, se decidió a tomar el capote imitando a los toreros y así fue que, de forma espontanea, comenzó sus lecciones de salón. El ánimo del burgalés era tan solo conocer la técnica y la plástica de la tauromaquia, pues tenía el estudiante asegurado su condumio y un respetuoso pánico a los toros, con lo cual, no había cuidado de que se lanzara a los ruedos, así que imitaba sin recelo alguno el oficio de los maestros que frecuentaban la taberna.
El propio Antonio Sánchez y toda su sabiduría torera acumulada, les solía aleccionar con su acostumbrado gracejo verbal: “Baja la mano, muchacho y mete los riñones, la pata p`alante, crúzate con el toro para que no te parta el pecho, y no te rías, que esto es muy serio, coño; presenta la panza de la muleta y pegaíto al toro, sin ventajas ni camelos, que ahora todos meten el pico y ligan los pases a carrerillas...” también el torero albaceteño Pedro Martínez, Pedrés, era uno de los habituales de la taberna y, con todo el cariño del mundo, solía aleccionar también al estudiante burgalés: “Mira chaval -le decía-, en esto del toro se entra por hambre y luego viene la afición y el conocimiento, pero tú que no has conocido el hambre, dudo mucho que, con toda esa afición que te ha entrao de repente, puedas demostrar el valor que hace falta para estar ahí en la cara de los toros”.
Efectivamente el bachiller no había conocido sino el confort, el bienestar y las buenas pitanzas, pero estaba dispuesto a aprender  el oficio y no reparaba en prendas para congraciarse con aquellos maestros taurinos de excepción que le brindaban la oportunidad y toda su sabiduría torera.
Tenía el muchacho por naturaleza, amén de bien parecido, una educación exquisita y un verbo fluido de castellano puro, que caía muy bien en aquel entorno, así que pronto cosechó la amistad de los toreros. Se hacía acompañar don Juan de Olmedo de otro paisano y colega de la Universidad de Derecho, que era el complemento ideal de su aventura estudiantil, con el que además compartía habitación en la Residencia; se trataba de don Daniel de Carranza, un empollón desangelado y sin un duro en el bolsillo, que era, su apoyo en los estudios, equilibrio de sus posibles desmanes y aventuras varias y partícipe también del exceso de boyantía económica de Juan. 
Ambos frecuentaban la taberna y simpatizaban con el dueño y maestro Antonio Sánchez y toda la clientela taurina, pues disponía Juan de caudal sobrado para sus gastos y gustaba de hacer alarde y ejemplo de generosidad malgastadora con su inseparable e incondicional Carranza que le ayudaba en su empeño.
Continuó Juan con sus clases y fue aprendiendo el protocolo completo de una corrida de toros, allí se ensayaba todo y desde el paseíllo hasta la vuelta al ruedo iba el novel paso a paso siguiendo las instrucciones del Maestro; después de aquellos andares cadenciosos se imitaba el saludo a la presidencia montera en mano, la entrega del capote de paseo, la prueba de los capotes de brega, los clarines del “miedo” y los primeros lances con la larga cambiada y el remate de verónicas y media belmontina.
Su amigo Daniel tenía que tirar de él para que retomara los estudios en la Residencia, pues estaba Juan tan embelesado con su arte que no echaba cuentas de su porvenir como jurista. Mientras tanto, sus padres le seguían mandando cada quince días un generoso paquete con productos procedentes de la matanza de su tierra, que aunque muy bien embalados, despedía un olor inconfundible a lomo, chorizo, morcilla, jamón, queso y, como le comentara su amigo, hasta el mismísimo aire de la sierra que hubiera oreado los embutidos, traía encerrado el envoltorio de alimentos en cuestión.
No era de extrañar la frecuencia con que Juan visitaba La Taberna, pues podría coincidir tranquilamente con alguno de los grandes y dada su afición, era, para él, un placer compartir los diálogos con aquellos Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Parrita, Pedrés... afincados todos en Madrid y buenos amigos de don Antonio; su amigo Carranza solía abroncarle para que pusiera interés en la carrera y se alejara de La Taberna que tanto le tiraba y distraía; así que, orientado seguramente los padres de Juan, le iba metiendo cuñas, para que, siendo el palo de distinta madera fueran de mejor efecto que las de ellos mismos:
                  -Mira a ver, Juan que te estás tirando a la buena vida y, como sigamos así, para el próximo curso, se nos acaba el chollo universitario.
                   -No te apures Carranza que en mi casa no tienen tanta prisa para que yo me doctore en derecho, que ellos saben muy bien, por las batallitas de mi abuelo, lo difícil que es esto de las judicaturas.
                   -Ah, claro, y menos prisa tienes tú. Mientras te llegue el suministro y la paga... que vengan días y vengan ollas.
                   -De todas las maneras ya voy aventajado y he quedado una tarde con Pedrés que me va a enseñar la suerte suprema. ¿Qué te parece?
                 -Pues que tendrías que ir algún día a un tentadero para que vieras la verdad del cuento este tuyo de la plástica y la estética.
                  -Lo mío, Danielito, es arte puro, ya lo sabes.
      Allí seguía Juan practicando con Pedrés la suerte suprema, orientado por el maestro Antonio Sánchez que le iba recitando con todo aquel discurso lleno de sabiduría torera:
                   -A ver si nos entendemos, muchacho: Tú sales andando del último remate de la serie de muleta y se la dejas puesta al burel; le cuadras las patitas delanteras para que te enseñe el hoyo de las agujas y te colocas marcando el volapié, todo esto despacito, poco a poco, creando expectación, que se entere la gente; le vas acunando con tus palabras: !Eh mira, toro, eh! Le citas con la voz, le bajas la muleta con la izquierda hasta que se te llene la mano de baba y con la derecha y el brazo rígido, como una prolongación del estoque, te lanzas salvando la cornada y le dejas la espada hendida hasta la cruz. ¿Vale?
                         -Gracias, maestro. Así da gusto. Ya sólo me queda ensayar la vuelta al ruedo.
                          -Eso, Juan, será cuando le cortes las orejas a un toro. Intervino Pedrés. -Si quieres el próximo sábado que tenemos cena, la podemos ensayar, estás invitado. Ya hablo yo con tu compañero Carranza para que se venga contigo.
                          -Muchas gracias, Pedrés. Estaremos encantados, el vino corre de mi cuenta. ¿De acuerdo?
                         -De acuerdo, Juan de Olmedo.
Aquella noche se juntaron en la taberna la flor y nata de los aficionados taurinos de Madrid. Allí empezaron por sacar dos hogazas de pan tierno, y toda serie de embutidos de lomo, chorizo y salchichón con las correspondientes  frascas de vino a cuenta de Juan, buenos tacos de jamón y queso bien curado y media docena de morcillas. En animada conversación fueron devorando aquellos manjares y llegando a los postres, aparecieron en la mesa dos bandejas de torrijas, especialidad de la casa, y una lata de galletas de Loste.
Agradecido y algo confuso Juan de Olmedo por el detalle y las viandas, levantó su copa para hacer un brindis y pronunció un breve discurso lleno de emoción:
                   -Queridos amigos -empezó diciendo-. Levanto mi copa por la gran amistad y confianza con que me habéis admitido en vuestra casa y por toda la sabiduría taurina que me habéis transmitido que no voy a olvidar nunca. No voy a olvidar los momentos que hemos compartido  ni esta opípara cena con que habéis tenido a bien invitarnos a mí y a mi amigo Carranza. Muchas gracias.
Aplaudieron todos a Juan y tomó la palabra entonces el maestro Pedrés que le dijo:
                  -Nada que agradecer amigo Juan, tú te lo mereces todo y espero que no olvides nunca el arte que te hemos trasmitido, pero las gracias por la cena te las tenemos que dar nosotros a ti y a tu amigo Carranza que es quien nos ha traído de la Residencia Universitaria el paquete con todas estas raciones enviadas desde Burgos por tus padres. Así que venga un abrazo y que no vuelva a ocurrir.

Al toro de la ilusión
que despacio lo torea,
con que arte se recrea
en los pases de salón,
si tuviera corazón
si no conociera el miedo…
cuantos triunfos en el ruedo
si tuviera valentía
como tiene fantasía…
        ¡Qué lástima! Juan de Olmedo.


 

                                  


                                    

                


         

sábado, 20 de marzo de 2021

CARPETA AZUL



 

LA CARPETA AZUL  Paco Arana 2021





Esta carpeta azul de mis poemas, a este cautiverio condenados ¿verán quizás la luz de mi pasado o cenizas serán de alguna hoguera?

Por mor de libertad yo bien quisiera que cayeran por fin en buenas manos y anduvieran discretamente ufanos, perpetuando a su musa antes que muera: Quizás un trovador de nueva ola que a través de su voz ponga de moda los versos del inédito poeta, dejarán de penar en la carpeta, huyendo de una vida sin sentido que no quiso caer en el olvido.     21-03-21

 

 

martes, 16 de marzo de 2021

EL PERRO DEL PANADERO

 

          

                      EL PERRO DEL PANADERO     Paco Arana     22-07-18     


             



                                                                                                                 
Es realmente ingrato trasnochar, mal dormir y madrugar, para comenzar el día pasando del fuego de la boca del horno, al frío invernal  que se acentúa con el chorro de agua de la fuente que golpea sobre los calderos y me salpica los pies en su acarreo hasta el obrador.

Hay que amasar, hacer bolas, hornear, barrer los ladrillos candentes del suelo, y continuar con la hornada siguiente. Lo único que se hace por sí solo es fermentar la masa, que aún así podría complicarse si le atacase alguna corriente de aire "malino".

Con esta premisa, no puedo por menos que acordarme de aquel dicho que tan sabiamente repetía mi abuelo y que ahora se me antoja indiscutible. ¿Cómo era aquello?
¡Ah! Sí, ya lo recuerdo: “de panadero a cabrón, solo falta un escalón”.

Bueno, pues no sé si he bajado soñoliento al obrador, o lo he soñado, pero en el último peldaño de la escalera dormitaba tumbado mi perro Benifusco, que intentaba aprovechar con su barriga y sus patas todo el frescor de las baldosas. Me ha cedido el paso, me ha saludado con reverencia, creo, y se ha vuelto a su rellano dormitorio. No me fio mucho de este perro, me gustaba más su padre Fusco. Aquel difunto ejemplar sí que era un auténtico y verdadero amigo del hombre.

Este hijo de perra, es otra cosa, bueno, realmente es un macarra. Un engendro de aquel pointer de morro partido y una perdiguera legañosa, que dio como resultado este encaste golfo y bellezón, que desaparece cada noche con sus patitas blancas para irse de putas callejeras; motivo por el que ya le han partido la cara un par de veces y ha vuelto  a casa con alguna dentellada barriobajera.

Anselmo, el oficial amasador ha llegado tan puntual como siempre y hemos empezado la faena codo a codo. Todo ha ido de maravilla, da gusto trabajar con un obrero así; con qué agilidad y destreza han ido cayendo las hornadas una tras otra, hasta cuatro en total. Yo le veía entregado en su trabajo, como a un verdadero oficial de pala, que lo es, pero no podía hablarle, intentaba dirigirme a él y su cara se me trastocaba en la del perro; sus manos se llenaban de pelos y las uñas se le alargaban; tenía desabrochadas la camisa y el pantalón, y caminaba sobre sus dos patas traseras con gran agilidad mostrando su pechera, su barriga y su pijo encarnado y puntiagudo, apuntando al infinito.

Me ha ayudado incluso a dar el pan a la pala, cosa que nunca le hubiera permitido ni siquiera a mi mejor empleado, y con la cuchilla ha trazado un nuevo dibujo sobre la masa de las hogazas y los panes que a mí no se me hubiera ocurrido nunca, me ha dibujado un extraño pentágono, adornado con un agujero en el centro que reproducía su propia pezuña.

Este jodido perro me tiene abstraído, se me representa  a diario con su pelaje negro-brillante, sus ojos verde-gris y el lucero blanco que le adorna el centro de la frente.

Cuando ha bajado mi mujer al obrador, ha desaparecido Benifusco y, a partir de entonces, todo ha vuelto a la normalidad. Yo diría incluso que mejor de lo normal; curiosamente hoy no ha habido reproches, ni broncas, ni voces, ni disgustos.

Han empezado a llegar las primeras parroquianas y han elogiado el pan y al panadero también. Menos mal.

-Qué bendición de hombre tienes en casa, Amelia. -le han dicho a la parienta.- Vengo oliendo a pan nuevo desde la calle de en Medio, y te digo que esto es un verdadero manjar. Lo peor es que, mis hijos se lo van a comer como si fueran rosquillas.

Tumbado sobre un tablero de la panadería, con un saco doblado por almohada, he caído rendido en un sueño profundo y reparador, y al despertar me he encontrado otra vez con la mirada misteriosa de Benifusco que, seguramente, ha custodiado mi sueño.

Él espera una señal mía para saber si vamos a cazar. Me mira inquieto, a ver si me encinto la cartuchera, y entonces mueve la cola y levanta las orejas; tiene una algo caída y tronchada por los perdigones que yo le he ido alojando con mis disparos fallidos, y no le he hecho mucho caso, ya que me ha vencido el cansancio y me he dado otra cabezadilla. Entonces he soñado que estaba de cacería con él.

 Ha estado bien la cosa; no he acertado ni un solo tiro, pero me ha hecho dos muestras a la codorniz dignas de plasmar en un cuadro. Solo por esto y por el olor a trigo recién segado, ha merecido la pena el esfuerzo.

Ya de vuelta, Benifusco ha emprendido una carrera veloz hacia casa; yo le he llamado con insistencia pero él huía. Le he silbado para que volviera y ha hecho el amago, pero cuando se ha puesto a mi costado, no le reconocía, le he observado con atención y he visto que tenía la cara de Anselmo y corría a cuatro patas, semi-vestido con su camisa clara y sus pantalones grises; corría hacia la casa con sus zapatos traseros, sus pezuñas delanteras y su pijo puntiagudo y colorado,  seguramente, para encontrarse y retozar en mi ausencia con alguna de las perras callejeras que tanto le persiguen.




                       


               







jueves, 4 de marzo de 2021

EL LOCO DEL PARQUE


                                           EL LOCO DEL PARQUE   Paco Arana 
   
                                       A mi me llaman el loco

                             porque siempre estoy callao,

                             llamarme poquito a poco

                             que soy un loco de cuidao.    Popular


                           


Desde el día que nos impusieron el uso necesario de la incómoda y maldita mascarilla, no he vuelto a ver a aquel hombretón fornido y desquiciado, que se sentaba en su banco incompartible y solitario del parquecito recoleto de este barrio donde, cada medio día, acuden ancianos venerables con sus nietecillos, desempleados de larga duración, comadres efectivas, adolescentes cuadrillas, novios en capilla y afianzados matrimonios, colegiales del recreo y este hombre humilde y solitario que a veces se enfada y vocifera con algún improperio ininteligible, que incomoda un poco, pero nunca ofende.

Tiene este parque un pedregoso estanque, que a falta de aquellos  llamativos peces de colores, está ocupado por cientos de patos silvestres que hace ya unos años se atemperaron al menú del pan atrasao y otros chuches edulcorados, del que también disfrutan las palomas del aire callejero, por capricho y gracia de los animosos niños chicos.

El loco del parque, ha vuelto a las mañanas de sol primaveral y parece algo más triste y decaído que antes; con esto de la pandemia y el confinamiento, se nos ha pasado un año completo y ya le habrán caído a nuestro hombre los cincuenta por lo menos, y unos kilos  más de aquellos que llevaba en su cuerpo agigantado y molesto; además ahora masculla nuevos insultos y palabrotas, que escandalizan al mujerío y perturban el jugueteo de los peques.

Tiene reservado en exclusiva un banco propio con la seguridad de que nadie va a querer compartir un asiento a su lado, ya que ahora se le pegan a las comisuras de la boca unos espumarajos que él intenta sacudirse a zarpazos, pero que retornan y se asoman al momento, con el consiguiente repelús de los asiduos al parque.

A todas luces, parece que está solo, pero en el edifico de seis plantas que colinda con el parque, hay una ventana, siempre abierta, que vigila al trastornado protagonista de tan triste melodrama. Es su hermana, una mujer, ama de casa y madre de dos niñas, que vive en el cuarto piso de su mismo portal, justamente encima de su protegido y querido hermano y vigila desde allí sus movimientos, controlando la  reacción que le pudieran hacer las pastillas que toma a diario. 

 El peligro de un brote inmediato, esta agazapado en el instinto incontrolable de este hombre, que hace unos días se manifestó a la puerta de la bodeguilla de su calle y que gracias a la llegada sonora de una ambulancia, fue auxiliado por dos sanitarios que, allí mismo, le pincharon y atemperaron para trasladarle al hospital donde ha permanecido cinco días, una semana corta… pero ya le han dado el alta y le han dejado de nuevo en su casa, para que sea tan feliz junto a su hermana cuidadora, su barrio, su parque, sus patos, sus palomas, su bodeguilla, su banco solitario y sus pastillas salvadoras.

Pocas horas más se ha concedido este hombre para culminar la historia de su vida. De madrugada, llenó de agua caliente la bañera de su casa, se sumergió en ella y se cortó las venas. Una víctima más de los efectos colaterales de esta prolongada y maldita pandemia. 

                                Se abandonó a la locura,

                                se hizo el loco más loco

                                y acabó con su aventura. 

martes, 12 de enero de 2021

EL FLAMENCO MÁS CERCA







                               EL FLAMENCO MÁS CERCA  Paco Arana

                        CONFERENCIA Y RECITAL DE CANTE 




         ORIGEN DE LA MÚSICA ANDALUSÍ EN EL FLAMENCO
         


                      

Después de los años que llevo inmerso en esta apasionada forma de vivir que es El Flamenco para mí, me sorprendo cada día cuando descubro una y otra vez la huella musical y monumental que nos dejaron los moros durante aquellos ocho siglos de permanencia en España, e imagino, que, al margen de sus escaramuzas guerreras, aquellos lugareños cercanos y sencillos, se verían condenados a entenderse y compartirían su pan, su vino y sus costumbres.
Desde aquella coincidencia histórica de moros, judíos y cristianos que poblaban por entonces el país, para seguir conviviendo con su música y sus danzas, y que continuaron incluso hasta mucho después de que Boadil perdiera a su Granada, han pasado muchos siglos y sin embargo, ahora que corre el tiempo tan ligero y las comunicaciones son ágiles como regueros de pólvora encendida, me encuentro, brujuleando en internet, con una  sorpresa titulada (La Pasión Flamenca de dos Hermanos Turcos) un sugerente y novedoso vídeo flamenco instalado en la nube, para deleite de los buenos aficionados, y compruebo al escucharlo, que el mestizaje que nos trajo la música de entonces, perdura todavía y continúa alimentándose de los brotes de su misma raíz flamenca, con intérpretes pakistaníes, turcos y norte-africanos actuales.
Aquellos moros que no se quisieron ir, así como los sefarditas que tampoco huyeron de España, para seguir avivando y exhibiendo su música y sus bailes en zambras y ritos litúrgicos íntimos, mantuvieron intactas sus señas de identidad y fueron, poco a poco, compartiendo sus cítaras, chirimías y laúdes, con flautas, guitarras y panderos de los músicos del pueblo llano, que alzaron también sus voces quejumbrosas de muecines y plañideras, junto con el donaire de los romances y pregones recitados en los zocos y mercados de distintas localidades de la Baja Andalucía.  
A menudo, recorro intramuros mi ciudad de Burgos y observo en mis paseos nostálgicos sus, todavía intactas, cuatro puertas de entrada, dos de ellas de  estilo mudéjar, así como una pequeña parte de la muralla que protegió a nuestra grandiosa e inalterable Catedral, que no así al castillo aquel que nos arruinaron los franceses, al igual que los posibles palacetes y viviendas de los barrios de La Judería, La Morería y La Alteza.
 Seguro que allí convivieron las tres culturas, y se beneficiaron entre ellos, sin preocuparse de su condición, raza o culto religioso.
No es difícil recrearse y fantasear en este entorno, y os invito a imaginar la celebración de una boda o fiesta privada en el palacete de algún jeque poderoso o mercader acaudalado, para lo cual, incorporo a esta charla este romancillo; un juguete poético y divertido en el que intento relatar la escena y el contenido de la fiesta… Dice así.                                                   
Suspiraba el sultán                                                
en su alcázar moro:                                      
-Por verte bailar niña,                                   
diera un tesoro.                                                                                                   
En la corte murmuran                                  
que no es romana,                                        
ni mora ni judía,                                           
será cristiana.                                                                          
El sultán vive ausente                                
con su locura,                                                 
la reina mora llora                                         
su desventura                                                                                              
-Te ofrezco mis jardines                                
mis surtidores,                                                                      
mi laúd y mi Alhambra,
los mis amores.
Siete velos de espuna
tiene su baile,
siete nuevos antojos 
van por el aire.
El Sultán advertido
sufre de celos
y contrata en sus zambras
músicos ciegos.
Granada entera
presume faraláes
sonajas de oro.
Que baila laSultana
por soleares.
!Valla un tesoro!
Hay que pensar, que en el pasado siglo IX, vivió en la corte cordobesa de Abderramán II, un músico y poeta de origen pakistaní, llamado Ziryab y apodado El Mirlo Negro por su voz brillante y encantadora y su piel negruzca de puro morena. Este concertista fue el referente principal de la música andalusí de aquel tiempo ya lejano, que dejó un patrimonio cultural de más de diez mil canciones y diferentes formas musicales que, sin duda, nos han llegado por trasmisión oral hasta los actuales flamencos españoles. 
                  
  INFLUENCIA DEL PUEBLO GITANO EN EL FLAMENCO

                     


Daremos ahora un salto importante para situarnos a  finales del siglo XV en que comenzaron a llegar los egipcianos a España, huyendo, sin duda, de las guerras intestinas de su país para refugiarse en el nuestro. En un principio comenzaron a llamarles egipcianos, porque se les creyó procedentes de Egipto, y ellos mismos asumieron de por vida este nombre. No obstante, se cree que por su habla Romaní, sus rasgos faciales y sus costumbres, procedían de un país lejano de La India, al sur del antiguo Pakistán, aunque, todavía hoy, ellos se reconocen y llevan con orgullo el nombre de Gitanos.
No seré yo quien dogmatice sobre esta polémica cuestión,  pero parece ser que hubo un grupo que cruzó media Europa hasta llegar a los Pirineos y entrar en España como mercaderes o peregrinos, y otro que cruzaría el estrecho desde  las costas africanas, para instalarse en la baja Andalucía.
Los apátridas gitanos vienen a España para quedarse, y aunque perseguidos por una ley dictada por los RR. Católicos para echarlos, conectan fácilmente con el paisanaje, valiéndose de su destreza artesana para la forja, la fabricación de utensilios de mimbre, hierro y cobre, el conocimiento para la doma del ganado caballar, su arte fenicio para el trato, sus adivinaciones y hechicerías, y además cantan, tocan y bailan sus danzas romanís con las que embelesan a los músicos locales enraizados desde siglos en España.
Pronto se acercarán a los cantos de moriscos y  aldeanos  para fundirse con la música en boga de entonces, aportando su sentido del ritmo, que unido a su espíritu errante y libertario, desembocará  con el tiempo en lo que  ahora conocemos por Arte Flamenco.
Alguien ha dicho, sabia y claramente, creo yo, que “Jerez es al Flamenco, lo que Nueva Orleans es al Jazz” o dicho de otro modo, que “El Flamenco es a los gitanos, lo que el Jazz es a los negros”. Esta frase singular deja bien claro que, en ambos casos, han aportado a la música local una nueva savia para un arte que, todavía hoy, sigue bebiendo de novedosas armonías, dejes y coplas, además de otros variados instrumentos. Aquellos negros no inventaron el Jazz ni estos gitanos el Flamenco, pero, lo cierto es que, desde su mismo sino trágico, se expresan con un mensaje especial que lo intensifica y caracteriza a su forma y a su antojo, aportando su sabor agridulce y su compás riguroso y perfecto.  
Me gustaría destacar que terminado el siglo XV, y entrado ya en el florecimiento cultural del Siglo de Oro, convivieron en él dos sociedades bien distintas y definidas: la intelectualidad y el poderío de La Corte, con la sencillez y la opresión del Pueblo llano. En ese enredo se vería metido, nada menos que, don Miguel de Cervantes Saavedra, que incorporó en alguna de sus Novelas Ejemplares a protagonistas gitanos.                           
Esto no es de extrañar ya que él mismo tuvo una prima hermana que lo era al cincuenta por ciento, de ahí su afinidad hacia ellos así como el conocimiento de sus costumbres y algo de su lengua. Tan es así que, en una de sus Novelas Ejemplares, titulada “La Gitanilla”, figura como protagonista una niña chica llamada Preciosa, que amadrinada por su vieja abuela, exhibe su arte cantando y bailando por las calles y plazas de Madrid y Toledo, con su primoroso y abundante repertorio de coplas que sorprenden a la  concurrencia.
                               
Curiosamente nuestro autor más universal, no incluye en su novela ningún vocablo ni copla en lenguaje romaní, ya que utiliza y pone en boca sus propios romances en castellano y así lo revela cuando escribe en su novela que… “no faltó poeta que se los diese: que también hay poetas que se acomodan con los gitanos y les venden sus obras, yendo a la parte de la ganancia, que de todo hay en el mundo.”
 
          LOS CAFÉS CANTANTES Y LOS INTELECTUALES
                                   



Otro salto en el tiempo, nos sitúa ya en el siglo XIX en que se comienza a exhibir el arte flamenco en Cafés Cantantes, donde aparece Silverio Franconeti, un cantaor criado en Morón de la Frontera, al abrigo de las fraguas gitanas, y que llegaría a dominar los palos principales del flamenco. A este, ahora ya, legendario Franconeti, se le atribuye el compromiso de esta nueva andadura en que se sacará el Flamenco de las fraguas y las tabernas y lo darán a conocer, comercializado ya, en los Cafés Cantantes… La vida y milagros del grandísimo cantaor que inauguró en Sevilla el Café de Silverio, daría para un par de horas de charla, pero lo mejor para conocerlo es este poema escrito por Federico García Lorca que lo  describe, sublima y sintetiza de esta manera:
Entre italiano 
y flamenco, 
¿cómo cantaría 
aquel Silverio? 
La densa miel de Italia 
con el limón nuestro, 
iba en el hondo llanto 
del siguiriyero. 
Su grito fue terrible. 
Los viejos 
dicen que se erizaban 
los cabellos, 
y se abría el azogue 
de los espejos. 
Pasaba por los tonos 
sin romperlos. 
Y fue un creador 
y un jardinero. 
Un creador de glorietas 
para el silencio. 

Ahora su melodía 
duerme con los ecos. 
Definitiva y pura. 
¡Con los últimos ecos!
    

              
El glorioso poeta Federico García Lorca, había nacido en el año 1.898 y no conoció a Silverio Franconeti, con lo cual, no cabe duda de que para componer este poema  incluido en su Romancero Gitano, el poeta se inspiró en un libro titulado “Colección de Cantes Flamencos” publicado 1.881 por el padre de los hermanos Machado.
Este es un libro imprescindible para entender el Flamenco y lo firma y escribe don Antonio Machado Álvarez y su seudónimo “Demòfilo”, que se traduce, nada menos, como Amigo del Pueblo. En él recoge don Antonio, con un riguroso trabajo de campo, cientos de coplas y romances que escucha y anota puntualmente, y además entrevista in situ a los cantaores de la época que lo interpretan, situando a cada uno de ellos en su provincia andaluza correspondiente, con sus nombres artísticos y algún detalle de su especialidad cantaora.
También don Manuel Machado, el hijo mayor de Demófilo, tomando las riendas de su padre, leyó y  se inspiró en este libro para componer nuevas coplas flamencas que hoy suenan en boca de muchos cantaores actuales, y compuso también el poema que voy a incluir en esta charla, donde el autor versifica gran parte de la lista de los cantaores y cantaoras que su padre relacionó en su publicación del citado año 1.881. Dice así: 
La Lola
La Lola se va a los Puertos.
La Isla se queda sola;
Y esta Lola, ¿quién será,
que así se ausenta, dejando
la Isla de San Fernando
tan sola cuando se va...?

Sevillanas,
chuflas, tientos, marianas,
tarantas, tonás, livianas...
Peteneras,
soleares, soleariyas,
polos, cañas, seguiriyas,
martinetes, carceleras...
Serranas, cartageneras.
Malagueñas, granadinas.
Todo el cante de Levante,
todo el cante de las minas,
todo el cante...
que cantó tía Salvaora,
la Trini, la Coquinera,
la Pastora...,
y el Fillo, y el Lebrijano,
y Curro Pabla, su hermano,
Proita, Moya, Ramoncillo,
Tobalo -inventor del polo-,
Silverio, Chacón, Manolo
Torres, Juanelo, Maoliyo...

Ni una ni uno
-cantaora o cantaor-,
llenando toda la lista,
desde Diego el Picaor
a Tomás el Papelista
(ni los vivos ni los muertos),
cantó una copla mejor
que la Lola...
Esa que se va a los Puertos
y la Isla se queda sola.


                           LOS MÚSICOS NACIONALISTAS

                                       
                  

Entramos así en una nueva era, en que los intelectuales más destacados y los músicos nacionalistas de finales del XIX y principios del XX, se interesan vivamente por El Flamenco. Así lo demuestra la iniciativa que nace de Manuel de Falla, Ignacio Zuluaga, y García Lorca, para organizar en el año 1922 el primer “Concurso de Cante Jondo de Granada”, en el que colaboran escritores, poetas, músicos y pintores. Allí actuaron fuera de concurso la pura esencia flamenca de entonces, representada por Pastora Pavón, “La Niña de los Peines”, Manuel Torre y Antonio Chacón, con la guitarra de Ramón Montoya y el baile de La Macarrona.

Los músicos nacionalistas como Albéniz, Falla, Granados, Tárrega o Joaquín Rodrigo, entre otros, bebieron con avidez del folklore español, honrando al Flamenco en composiciones tales como: Rumores de La Caleta, Recuerdos de La Alhambra, El Amor Brujo, La Danza Quinta y El Concierto de Aranjuez…  y son  los actuales guitarristas flamencos más virtuosos, quienes  interpretan hoy sus obras y les devuelven el rancio sabor en que se inspiraron sus autores, cerrando de esta manera el círculo creativo.
Los poetas y escritores se apuntaron también a colaborar, en este arte, con sus libretos y nuevos cantares, y debatieron sobre el Mundo y Formas del Flamenco ahondando en lo más enigmático y emocionante del tema: El Duende.
¿Qué es El Duende? Un espectro, una visión, una fantasía, una aparición, una borrachera o quizás un poco de todo.
Creo yo que no existe una definición certera, ni siquiera aparente, lo que si hay son ejemplos o experiencias concretas; así que, también yo, intentaré conduciros a esta “situación enduendada” con un momento que viví al lado de un cantaor amigo, al que esperaba un cierto día para acompañarle a la guitarra y acudió al camerino con retraso, intentando digerir una noticia realmente amarga de su entorno familiar más cercano… Yo advertí que estaba totalmente descompuesto aquella noche, y le vi cómo se tomaba un vaso de aguardiente de un solo trago, para armarse de valor y salir al escenario cantando por seguiriyas como nunca había cantado, se dejó allí  la rabia y la pasión de aquel momento y, con su lamento terrible y angustioso, nos puso un nudo de amargura, que nos fue subiendo desde la barriga a la garganta y rompió en un conmovedor y sonoro  aplauso.
No pude reconocer la letra de aquel cante lleno de “soníos negros” porque, seguramente, la fue improvisando en el mismo momento, pero con aquella sensación, pude escribir este poema que os dedico a todos vosotros con la intención de que lo sintáis como algo que todavía nadie se ha atrevido a  explicar con alguna definición más acertada.
      Es un soneto y se titula Duende. Dice así:                                   
                                                
                     Hoy has vuelto de nuevo con tu cante
                     al tablao de tu pena sin consuelo,
                     a vender tu amargura y tu desvelo
                     y a beberte la vida en cada instante.

                     Tragedia en torno a ti, es la constante
                     que se enjuga en quejíos sin pañuelo,
                     que se embriaga en jipíos muerte y cielo
                      y se queja en un ¡Ay! seco y vibrante.

Mírate en tu memoria antepasada,
rebusca en tus lamentos de jondura
que hallarás una copla que nos hiera.

Y al clamor de tu pena consolada,
                     al eco de tu grito y desventura,
será más jonda tu voz y más sincera.                 

              Poco más, tan solo agradecer a todos los artistas flamencos que han “españoleado” por el mundo, llevando en sus giras nuestro arte, así como los que no quisieron salir de su tierra natal y su entorno familiar, para conservar así el puro flamenco en estado puro.
                La lista, que sería interminable, está presente en la memoria de los buenos aficionados, y todos sabemos que ellos han sido los que han conseguido el reconocimiento de nuestro Flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, pomposo título que en poco cambia el día a día y la lucha de la mayoría de los profesionales que se emplean y se empeñan en trasmitir este Arte Universal.
        


                               
                 Preciso recordar ahora con orgullo al genio mundial de la guitarra flamenca, nuestro eterno Paco de Lucía, que ha dejado una herencia musical irrepetible y ha sido Premio Príncipe de Asturias, así como el primer artista español nombrado en EE.UU. “Doctor Honoris Causa” por la Universidad de Berkeley, además de un ser humano ejemplar, que dedicó su vida entera a engrandecer hasta el límite de sus fuerzas la música más indiscutible y reconocida que tenemos hoy en España.
                  Dejo aquí, para terminar, este, ya viejo, poema galante, que espero no se acabe nunca y siga creciendo en proporción a la grandeza del gigantesco personaje que se dejó la piel en cada concierto, siempre.
                   Dice así:                   


A Paco el de la Lucía         
lo puso Dios en la tierra,
porque le enseñara al mundo
cómo se tañe la queja.

Cómo se amasa la angustia,
cómo se mete una pena,
cómo goza, canta y vive
un pueblo que siente y crea,
un pueblo que hace compás
con su trabajo y sus fiestas.

Lo trajo de otra galaxia,
cruzando cielos y estrellas,
vino por ríos y mares,
caminos, montes, veredas…

Lo dejó en Andalucía
sueño de sol y de arena,
con dos siglos de cultura
en su guitarra flamenca.

Y Paco el de la Lucía
con los sones de su tierra,
–en la mano diestra un grito
y en la siniestra un poema,
abrazando a su guitarra
como quien ama a una hembra–
en un diálogo amoroso
dejó templadas sus cuerdas.

Y en la noche de los tiempos,
armonizó una tormenta
de trémolos deslumbrantes,
bordones de rabia y queja,
rasgueos de torna-ojos,
silencios flor de la ausencia.

Y mordiéndose los labios,
fue desgranando falsetas,
pa que se enterara el mundo
que la guitarra flamenca,
–como un río hacia la mar
caminando con firmeza,
como lluvia en el cristal
descubriendo nuevas sendas–,
toca el cielo con las manos
por derecho y con grandeza.

Gracias Paco de Lucía,
gloria de esta tierra nuestra.

                      Paco Arana 2015