lunes, 9 de marzo de 2020

LA BAILAORA ENAMORADA


                               




LA BAILAORA ENAMORADA      Paco Arana      

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                                                                  ¡Qué maravilla!
                                                                  El rojo en tu vestido,
                                                                  lunares negros,
                                                                  al compás de alegrías
                                                                  clavel prendido
                                                                   luce tu pelo.

                                                                                
La noche ya se había puesto íntima antes de que Carmen emergiera en el proscenio bajo una luz tenue y difusa. Fundida en bronce, igual que una diosa griega, fue subiendo sus brazos lentamente en pos del ritmo sincopado de unas palmas y un cajón flamenco. Duró, como todo lo bueno, lo que dura un suspiro, una caricia, un olé a tiempo, una sonrisa, un susurro, un quejío, o un te quiero.

Una voz desgarrada y profunda, hizo que Carmen girara su figura hacia el rincón donde se hallaba el cantaor. Erguido, serio y juncal, estaba allí de negro riguroso al pie de una silla de enea pintada en rojo bermellón e iba desgranando sus coplas llenas de tragedia de amor y de secreto.

Se acercó la bailaora lentamente hasta ponerse de espaldas al coplero que cantándole al oído y despacito, la fue quitando de los hombros el mantón, para que luciera más aún las formas delicadas de su cuerpo. La Venus de la danza, como una jaca desbocada, requería a los duendes del misterio.

Las guitarras y sus dejos orientales también acudieron al evento y abrieron con sus notas gemidoras un coloquio sutil, enduendado y trémulo. No se puede tocar mejor por alegrías. La llamada, la escobilla, los desplantes y el paseo, todo tan brillantemente interpretado, llevaban a Carmen, acunada por el ritmo, a un viaje apasionado y satisfecho. 

Hechizados por la magia de la noche, surgieron más y más momentos de pasión y de locura. Sus pies alborozados, peinecillos y claveles en el pelo, el vaivén de sus caderas y sus ojos de misterio alzaban dos palomas de sus manos volando por el cielo.
            
La luz del claroscuro jugaba en rojo y malva cenital con pasos, desplantes y paseos que Carmen dibujaba en el espacio, asistida por el duende que asomaba y se evadía a su deseo.

Se dejó la piel por bulerías con un trepidante taconeo que pasaba de lento al infinito, de muy fuerte a manejable, de amargo a placentero, y rozaba por momentos la intensísima agonía de su propio desaliento.

Jadeante, sudorosa y quebrada por el baile, se fue acercando poco a poco a la altura del flamenco y vuelta de espaldas nuevamente, otra vez, muy despacito, envuelta en la delicia de un arpegio, le devolvió su mantón sobre los hombros y se perdió entre las luces roja y malva que nacían desde el suelo.

La insistente ovación del auditorio, hizo que Carmen saliera al escenario varias veces a recoger el dulce alimento espiritual de los artistas hasta que se atenuaron los aplausos lentamente y se sintieron los cuchicheos. Fue entonces cuando ella se perdió entre bastidores con paso taciturno y lento.

Ya está Carmen otra vez frente al espejo solitario; la urgente luz del camerino descubre ahora su inmensa soledad, sola ella misma, sin boatos ni artificios, sin aplausos ni jaleos, sin compás ni melodía, sin el hondo suspirar de las guitarras ni la magia sin igual del cantaor y su voz de terciopelo. Dos lágrimas acuden a sus ojos por sorpresa, que ella deja resbalar hasta la boca comprobando el disgusto tan amargo que nos suele acarrear el desamor, el abandono y la idea inoportuna de los celos.

¿Qué nos pasó?, se pregunta llena de distancia, pesadumbres y desvelos; los fantasmas de la noche se instalan en su mente y prometen perseguirla hasta que venga un día nuevo.

¿Quién recoge los gemidos de tu almohada, lo grácil de tus caricias, tus palabras amorosas y aquella violencia incontenible que brotaba en nuestro encuentro?
 
Todo se ha esfumado de repente como el carmín y el maquillaje de su rostro; su mantón traído de Manila y bordado de arabescos, sus zarcillos, sus peinetas, y sus viejas castañuelas reposan sobre la mesita del triste camerino, como un montón abandonado de infelices amuletos.

De nuevo en La Alameda, la luna de Sevilla, redonda como un farol y brillante como un espejo, golpeaba sobre el tejado del teatro, y un aroma hecho con flores de naranjos y limoneros, embrujaba los aires  de la noche y el ritual acompasado del paseo.        

Tan solo tenía que tomar un taxi para llegar a la habitación de un nuevo hotel, que es distinta casi siempre, siendo la misma cada noche: la enorme cama vestida con una colcha verde gris tornasolado y sus frías sábanas blancas, los espejos aburridos, las herméticas ventanas, las pinturas de los cuadros, y ese tufillo a rancio ambientador, empalagoso y tristón, que  Carmen ya conoce y tanto la desagrada.

Esta es otra soledad, todavía más dura y prolongada y el insomnio la invita a la lectura en espera que aparezca el dios Morfeo y la saque de su agobio, pero todo se resiste y vuelve otra vez la ilusión de una nueva cita con aquel que es lo que más quiere, con aquel que la busca y la provoca cada tarde en el proscenio con el eco de su voz tan jonda y desgarrada, su estampa erguida de negro riguroso, el jugueteo del mantón, y el mensaje de amor que esconde su mirada.

Ahora galopa por su entraña un caballo sin freno, envuelto en rosas rojas y rabia congelada; un potrillo perturbado que no emplea la razón y se destroza cada noche esperando el día que detenga su perfil amoroso el cantaor, y retorne a los suspiros de su almohada, al rumor de sus palabras amorosas, y a la enorme excitación de un nuevo encuentro que devuelva el brillo también a su mirada.

Ese día, cuando Carmen suba de nuevo al escenario, quizás desaparezca el embrujo que  ponía en cada gesto de su raza bailaora, es posible que del antiguo menosprecio del coplero y de su rabia incontrolada brotara su baile único  y genial que tantas estampas y emociones despertaba. Quien sabe… habrá que verlo.  


                                 Paco Arana  - Noviembre 2011

miércoles, 4 de diciembre de 2019

                                     





LA IGLESIA EN INVIERNO   Paco Arana
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Que sola se queda la iglesia del pueblo.
Se fue la cigüeña del nido altanero
y a aquel  cura viejo que nos visitaba,
no le sale a cuenta, tanto padre nuestro.
Solo la campana tañe su concierto,
que viene a decirnos la triste y callada
noticia, de alguien que se ha muerto.

Qué sola se queda la casa anticuada.
Los meses alegres de aquel veraneo,  
disipan sus luces en pos del invierno,
dejando las tardes sombrías de niebla,
la pálida luna redonda de enero.
Qué triste la noche, qué amargo el silencio
que todo lo agranda y lo quiebra todo.

En la casa antigua, vive el campanero
con su amada esposa, que se asoma al cielo,
juntos de la mano para no estar solos
en esa ventana que les anticipa
  y aparece, amarga, la parca maldita:
La guadaña inmunda, el frio esqueleto,
calavera hueca con ojos de hielo.
Ella que le observa y le ve tan enfermo,
  a la chimenea, le arrima dos leños,
 que llenan la estancia de un grato destello
del hogar afable, del hogar sereno.

Y esa misma noche, del alba el lucero,
la lumbre apagada, la puerta al relente...
 La parca se lleva a su compañero.
Y la amante esposa le besa en la frente,
solloza callada para sus adentros,
 y apenada y sola, reza un padre nuestro.

Paco Arana, casi Navidad del 2019.


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sábado, 31 de agosto de 2019

ELEGÍA A EL YIYO



                    ELEGÍA A EL YIYO   Paco Arana 31-08-19

                                       Resultado de imagen de el yiyo torero 

El recuerdo me trae lágrimas negras,
tan solo de pensar en tu destino,
en aquel toro negro de tu sino,
en la tarde fatal de mala estrella.
Dónde está la grandeza de tu capa,
el compás de tu muleta burladora,
el filo de tu espada matadora
y el final de tu destino: muere o mata.
La afición no te olvida, te venera
y recuerda tu perfil de gran torero,
tu terno celeste y oro pinturero,
y algo más de tus veinte primaveras.

Colmenar nunca olvida aquel momento

y en su plaza te ha erigido un monumento.


martes, 16 de abril de 2019

MILONGA DE PACO


                                        



                                        


                                         MILONGA DE PACO.

Viejo amigo, ya lo ves,
sigo aquí con mi guitarra…
no vengo a dar la tabarra
con batallitas de ayer…
pero, la verdad, no sé
cuando me volví rebelde,
recorriendo a mi albedrío
un viaje a la libertad,
y conjugué el verbo amar,
tentando a la buena suerte.
Fui libre desde pequeño,
con mi temor y mis sueños,
sin “un día de mañana”.
Y así pude comprobar
como mi experiencia advierte,
que desde mi edad temprana,
siendo débil, me hice fuerte.
Encontré de mil amores
a mi amante compañera,
la que me quiere y reniega,
por la que bebo los vientos,
la de los buenos momentos,
nunca te quejes, colega,
                                      hay tragos en esta vida
que suenan a despedida
y así, el más valiente entrega
geta y vida al soberano.
Como cada buen cristiano
el audaz y el más prudente,
el sumiso, el anarquista,
 el inventor y el artista,
acuden tarde o temprano…
cuando les llama la muerte.

lunes, 28 de enero de 2019

JORGE PARDO


                                           


                         

                                  JORGE PARDO Paco Arana   28-01-19
                                                                                                  
Que placer de tu valiente rebeldía,
¡Sí! señor de tu ganada libertad.
Tú, grandioso artesano del compás,
tú, hacedor de increíbles melodías.
La aventura de vivir tu día a día,
pues tu música, eres tú en cada momento,
la pasión que se desboca en tu instrumento,
y nos llena de emoción y fantasía.
En lo jondo de tu flauta travesera,
viven Chano, Pata Negra, Benavent.
Ray Heredia, El de Lucía, Camarón,,,
y al soplar vientos flamencos por doquiera,
tu esqueleto bailará con su vaivén,
en la hoguera de tu ardiente corazón.

                                                                      Ámazón libros. Paco Arana