martes, 26 de agosto de 2025

 

                           FRASQUITO EL ESTIRAO  Paco Arana

                            


Frasquito El Estirao llegaba cada año a la ciudad en vísperas de las fiestas patronales, contratado por la empresa taurina, para calentar el ambiente con la pega de carteles de la feria burgalesa y el reparto de folletos informativos. Era Frasquito un cuarentón de mucha altura y poca hechura que en su primera juventud había rodado por las plazas de toros y tinglados de media España, actuando en la parte seria del Bombero Torero, presumiendo también de haber realizado El Salto de la Garrocha, El Quiebro desde una Silla y refería con su gracia habitual que, cuando estuvo herido e inmovilizado por algún percance, hizo incluso El Tancredo vestido de blanco impoluto y quieto en el ruedo como una columna de mármol. Agilidad, valor, inteligencia y gracia eran los ingredientes necesarios para estos quehaceres tan variopintos y arriesgados del repertorio fundamental de aquel circo taurino.

Frasquito sintió desde niño la llamada para el arte y, semejante a lo que hiciera Manolete, se inició con los espectáculos cómico-taurinos donde, amén de los alardes referidos, ejecutaba por derecho el volapié con aquellas vaquillas  resabiadas y algún que otro novillo de media sangre.

Muchas fatigas de carretera y hambre con aquellas mojigangas de los enanitos toreros, muchas tardes de sonados fracasos y guasonas recompensas y muchas noches de soledad en alcobas de sórdidas pensiones de pueblos olvidados; sin embargo cada tarde hacía Frasquito el paseíllo con la ilusión de que algún día lo descubriera un apoderado influyente y lo pusiera en una terna de primeras figuras. Presumido y orgulloso, con su traje rescatado del arcón de un anticuario, que bien pudo haber sido de León Rupelo, peón del glorioso Costillares, paseaba Frasquito con una elegancia tal en sus andares que se sentía muy capaz de embelesar a la más hermosa mujer de los tendidos.

 

                                                            II

 

Probó suerte una vez en la feria de Sanlúcar, en un mano a mano con El Inclusero, y les pusieron seis alimañas, seis morlacos de toros resabiados de un encaste desconocido que había traído el empresario de un desecho que tenía para carne y no pudieron hacer otra cosa que humillar a los astados con cuatro pases de castigo, y a base de estocada y descabello enviarlos de nuevo al matadero, de donde nunca debían de haber salido.

Aquella noche rumió Frasquito su tristeza por la playa de Sanlúcar, maldiciendo su destino sin salida junto al Guadalquivir que agonizaba entre las olas; allí dejó El Estirao sus ilusiones toreras, y en su noche de amargura decidió abandonar el mundo de los toros para vivir la cercanía de La Fiesta entre los bastidores de este otro submundo taurino. Alejado el corazón de la gloria o el fracaso, pensó en dedicarse a estos otros menesteres para él menos arriesgados y quizá más lucrativos.

 

Pues sí, Francisco Ruiz Postigo, “Frasquito El Estirao”, natural de La Isla de San Fernando, (Cádiz), español, andaluz, soltero, alumbrado por la gracia de su tierra, hijo de Salvador y María Amparo y por ende, bien  nacido, tenía un contrato de trabajo como Jefe del Departamento de Relaciones Públicas de la Empresa Tauro-España y así figuraba en la tarjeta de visita que exhibía para ejercer aquel oficio tan digno y tan legítimo como el más distinguido; tenía a su vez otros quehaceres no tan propios de su cargo, pero muy sustanciosos, pues una vez colocados los carteles y entregada la propaganda de los toros, comenzaba su gestión en la reventa de boletos para las corridas de la Feria Taurina, así que, paseaba a mediodía muy castizo por los bares de la zona y anunciaba con su voz y su inconfundible deje gaditano:

                  -Sombra pa los toros, oiga. Sombra pa los toros.

Cuando llegaba la tarde, poco antes de la corrida, se mezclaba en el bullicio de La Fiesta y recorría de arriba a abajo la cola de las taquillas con este otro mensaje tan bien aprendido:

                  -Que se acaba lo bueno, aprovecharse, señores que ya está aquí otra vez  Frasquito.

                                   Señores afisionaos

                                   no se queden sin entrada

                                   las tengo de sol y sombra,

                                   de barrera y de andanada.

                                   Pa la señora,

                                   también llevo abanicos

                                   que están de moda.

                                    Vaya terna de solera

                                    la flor de la torería

                                    Finito, El Tato y “Maera”

                                    toreros de dinastía.

Frasquito negociaba así el papel con los aficionados retrasados y con los olvidadizos; compraba el sobrante de lo bueno a bajo precio y lo volvía oro fino.

Ya en la plaza tomaba su asiento de sombra en un lugar cercano a la banda de música, para cumplir con su contrato de animador experto en relaciones públicas y desde allí, provocar a voz en grito al respetable con su discurso y con sus palmas que, contagiado por la gracia gaditana del voceras, le seguían aplaudiendo y animando los tendidos:

-Música. Gritaba El Estirao y repetía varias veces.

-Músicá, músicá, músicá. Gritaba ahora el gentío provocando a “la borracha” que iniciaba un viejo paso-doble a bombo y platillo.                                            

Y cómo jaleaba la faena de los diestros; había una gran parte del graderío de sombra que ya le conocía, pues algunos le habían comprado las entradas, y le hacían comentarios al respecto:

-Vaya una pera en dulce, ese toro. !Eh! Frasquito, cómodo, pronto, noble... un carretón sin peligro... te digo yo que a ese lo torea hasta mi suegra, la pobre, que es un pan bendito.

-Razón tiene don Hilario, este encierro está apañao.

Y así, tan dignamente, se ganaba la vida Francisco Ruiz y volvía de nuevo cada año por San Pedro al trajín de las entradas, los carteles, las almohadillas y los pintureros.

 

                                          III

 

Aquella noche se encontraba Frasquito en una tertulia del hotel donde solían alojarse los toreros, y se acomodó al lado de don Nemesio, cliente y amigo, conocido notario de la plaza, acompañado, esta vez, de una hermosa mujer extremadamente coqueta. Así que, tiempo le faltó al Estirao para saludarles y florear a la dama:

-Buenas tardes, don Nemesio y la compaña.

-Buenas tardes, don Francisco.

-Qué hermosura de sobrina tiene usted...

-No es mi sobrina, Frasquito, es una clienta.

-Hola, guapa -la dijo El Estirao.

-Hola, que tal, encantada.

-Encantado yo. ¿Cómo te llamas? Yo Francisco.

-Ya se lo he oído a don Nemesio -le dijo la muchacha-. Yo me llamo Amparo... luego, cuando termine el coloquio, hablamos.

-Amparo, como mi madre, vaya nombre más bonito.

Terminada la tertulia, se agarraron los tres a la barra del bar y pidieron café con leche, cerveza y vino. Comenzó la charla don Nemesio alabando las virtudes de Frasquito, y después dirigiéndose a la muchacha, la dijo:

              -Mira Amparo, este hombre es lo que tú necesitas. con Frasquito no hay penas ni desgracias, él es del todo divertido, con decirte que es de Cádiz, donde, según dicen ellos y la copla, ni siquiera el hambre la sienten... ya te digo.

Y luego a Francisco, más de lo mismo:

           -A ver donde encuentras tú una moza casadera con mejores atributos: joven, limpia, guapa y millonaria; una novilla de una pieza, criada a yerba tierna, con ganas de casarse, de ser madre y de tener su propio cortijo.

-Qué graciosa la niñata burgalesa -dijo Frasquito-, así al casorio de repente, eso es para pensárselo, que yo paso ya de los cuarenta y tengo el colmillo retorcido.

-Frasquito, el tema no puede esperar. Amparo necesita casarse de repente. Pero claro, a ver cómo te lo explico... tres meses la faltan para el caso y...

-Qué pasa, está preñada. ¿No? -Interrumpió Frasquito.

-De eso nada -intervino Amparo entonces- Verás… yo soy heredera de una gran fortuna que me ha dejado mi tía carnal que se ha muerto hace unos meses, pero como no quise meterme a monja, la muy gazmoña,  dejó en el testamento la condición que debería estar casada y bien casada para recibir el testamento, que es muy cumplido, así que... ¿Si te sirve?

-Vamos, Amparito que esto no se lo creen ni en Cái. Y... tendremos que practicar primeramente, ya sabes, hacer el amor,  o cohabitar, que a mí me da lo mismo.

En este punto interrumpió de nuevo don Nemesio:

-Bueno, bueno, ahorremos los detalles; aquí lo que conviene es que hagáis una amistad que se os vea en el café y paseando por la calle, agarraditos como dos enamorados. Ya sabes Amparito, que se entere tu albacea, que le anuncies vuestra boda y mejor que le invitéis, para mayor compromiso.

-Y qué pasa después del matrimonio -Replicó Frasquito.

-Que tendréis una vida regalada, una vida que tú Frasquito te  mereces y no digamos Amparito...

Se quedaron los dos callados, y aunque ella lo tenía muy claro, a Frasquito, silencioso y pensativo, le rondaba en la cabeza la idea de que lo iban a considerar en su tierra un mantenido y él se ganaba muy bien la vida con lo suyo para que luego viniera nadie a enmendarle la plana; se acordaba bien de aquella copla que cantara su padre en el tablao gaditano del  viejo Café del Perejil:                    

                       “Probesito aquel que come

                       el pan de manita ajena,          

                       siempre mirando a la cara

                       si la pone mala o guena.”

 

Salieron caminando por el centro y poco antes de llegar a su casa, don Nemesio, se despidió de los dos y les dijo:

-Buenas noches queridas. Ojalá que la Divina Providencia os ilumine  y os ayude, y nos veamos muy pronto en la iglesia… lo de la notaría ya lo arreglo yo que es mucho más sencillo.

Aquella misma noche, cogidos de la mano, pasearon su idílica puesta en escena con toda clase de detalles y ejercicios amorosos para llevar a buen fin su  cometido. Se gustaron y se amaron tiernamente y fue aquella boda un solemne y maravilloso compromiso para poder disfrutar de la nueva situación gracias a don Nemesio y la tía de Amparito.

  Hace ahora cinco años que vuelve Frasquito a la feria burgalesa del brazo de su esposa y los vemos tan felices; ella, hermosa y sonriente, es una dulzura andante, y él hace ahora el paseíllo por la grada de la plaza, “decorao” como un pincel, con el terno ajustado a sus hechuras, su sombrero, su buen puro, su clavel en la solapa y gritando alegre una vez más para que nunca se le olvide:

-Sombra pa los toros, oiga. Sombra pa los toros.

 

jueves, 17 de julio de 2025

 

 

                               LA SINRAZÓN DE ESTAR LOCO.                                  Paco Arana 21 06 2025

 


Miedo le tengo a la vida

que la vida es un misterio,

prefiero volverme loco

antes que pedante y necio,

y vivir a mi albedrio

aunque buscando el remedio.

Si me falla la memoria

la locura me da miedo,

en vez de escribir poemas

tendré que contarte un cuento,

 cuento de mentirijillas

divertido y pinturero,

o un cuento de fantasía

de esos fantasmas siniestros,

 que quieren volverme loco

pero loco sin remedio.

 Tengo mi rumbo marcado,

no espero nada de nadie,

recorreré mi camino

como un globo por el aire

                             y esconderé  mi destino,

que nadie pueda encontrarme.

Después que me vuelva loco

no será pronto ni tarde.

Que importa el día que es hoy

no lo sé ni me interesa,

ni de lunes a domingo

 pues vendrán días y noches  

que turbaran mi cabeza.

Miedo le tengo a la vida,

 preludio de la tristeza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 11 de junio de 2025

 

                                 PACO ARANA GUITARRISTA

                                PARA GUITARRAS CONTRERAS

              


      

A todas luces parecía que mi destino de currela impenitente estaba marcado por mi trabajo como bancario consolidado. Aquello suponía un colchón relajado y estable que me permitiría disponer de una pequeña independencia económica y, con esfuerzo, me propuse ahorrar para comprarme una guitarra a plazos. Todos los días me pasaba por la vitrina de la única tienda de instrumentos que había en el Paseo del Espolón y la contemplaba con la seguridad de que podría sacar de ella las cadencias flamencas que había guardado en mi memoria cuando niño. Había entrado a probarla varias veces y ya me conocía el dueño que me animaba a comprarla:

-Mira chaval, esta es la mejor guitarra que hay en la tienda -me decía-, es del taller valenciano de Vicente Tatay, pero esta la ha hecho don Vicente, personalmente.

 Me parecía una guitarra admirable con aquel brillo cristalino en su tapa de pino abeto y en la caobilla de los aros y del suelo, tenía en la boca una taracea moruna muy graciosa y adivinaba que sus cuerdas, todavía mudas, ya esperaban mis notas y mis rasgueos. Cuatro meses tardé en juntar los ahorros para la fianza y…

Cuando mi padre me vio aparecer en casa con la guitarra, sentenció:

-Este ya ha estudiao todo lo que tenía que estudiar… y, por lo que a mí me atañe, la afición no le viene de la sábana encimera, que yo sepa.

Fue a partir de entonces cuando comencé a frecuentar el Bar Patillas, lo recordaba de cuando niño me llevaba mi padre en sus “chiquiteos” domingueros y había sido testigo de alguna juerga mañanera. El Patillas es, todavía hoy, una taberna musiquera gustosamente ambientada con guitarras y laudes colgadas de las paredes para los tañedores y cantantes que acuden a diario. Allí, con la guitarra del mesón, pronto aprendí los acordes más elementales y alguna melodía en boga; luego en mi casa, con la emisora de  radio encendida, jugueteaba y me entretenía con mi ansiada guitarra tocando encima de aquella música tan claramente andaluza.

Aprovechaba cualquier momento para repetir con insistencia lo poquito que sabía y le sacaba cada vez algún nuevo matiz en la interpretación; En El Patillas conocí a un guitarrista flamenco ya retirado que aparecía por allí un par de veces al año y tuve la suerte de que se interesara por enseñarme; me puso un par de lecciones que me abrieron un mundo nuevo de posibilidades para entender la esencia y el compás del flamenco y me aconsejó:

-Está muy bien, muchacho, tú tienes facilidad para esto, pero si quieres tocar flamenco de verdad, no te desvíes, no quieras tocar de todo y procura que lo que toques te suene a eso, a flamenco.

Yo quiero pensar que aprendí a tocar en los escenarios, ya que, sin más técnica ni noción de música, parecía que aquello me sonaba medio regular y comenzaron a llamarme para recitales de guitarra, poesía y cante. Cuando mi abuela María, la panadera de Gamonal, supo de mi afición, le faltó tiempo para apuntarse el tanto:

-Este chiquillo -decía ufana-, va a resultar de los nuestros, como mi tío Nicolás que tocaba el laúd y cantaba como los ángeles… llevaba él una orquestina de música callejera que daba bailes, rondas y alguna boda postinera por los pueblos de la Ribera del Arlanza. En Villalmanzo le conocían por El Juglar de La Villa…  se acompañaba muy bien con la guitarra y acariciaba el laúd con un gusto exquisito. Le hacía hablar.

Con antecedentes musicales o no, pronto empecé a exhibir mi pequeño arte y recuerdo una ocasión que actué en el, ya desaparecido, Gran Teatro burgalés para un Festival Benéfico, que escuché entre bastidores el mejor halago que se le puede hacer a alguien que está empezando y viniendo, claro está, de otro guitarrista ya consagrado que fachendoso apuntó:

-Qué bien le suena la guitarra al chavalito este, para no tener ni puta idea… ha entendido muy bien el soniquete flamenco y parece que hasta lo más difícil lo hace sencillo.   

Pasión y tiempo he empleado en hacer lo que más me venía en gana, que no ha sido otra cosa que emular a los poetas del Pueblo con mis  coplas y mis romances y a los guitarristas que me han emocionado con sus notas más sentidas. Esta ha sido mi libertad más deseada y todavía hoy, pasados ya los años incontables, intento alguna nueva vibración hecha poesía e insisto durante horas con mi guitarra, si no para mejorar y ampliar el repertorio, por lo menos para que no se me olvide lo que tanto me ha satisfecho. Podría asegurar que El Flamenco ha sido mi verdadera pasión y mi filosofía, dígase una forma de concebir la vida que me ha regalado momentos emocionados y amigos inolvidables.

Es posible que alguna sombría alcoba se haya colado entre las habitaciones más soleadas de mi mente, y guarden en secreto algún pasaje de esta primera parte de mi historia, que no haya podido liberar en mi aventura autobiográfica, si bien espero haber provocado el interés de vosotros los lectores, por lo que he procurado aderezar, con mi gentil fantasía, las aventuras más afortunadas e inolvidables de mi existencia más amable.

                              GUITARRAS C ONTRERAS

 

Consolidado nuestro Grupo Flamenco Duende y después de la gira por Suiza, Almería, Valladolid, Burgos y provincia, decidí comprar una guitarra Flamenca de verdad y, animado por un amigo madrileño, nos desplazamos allí a La Corte para brujulear el mercado, y caímos, vive dios, en  la casa Guitarras Contreras.

Allí estaba Manuel Contreras con su pechera de artesano, y después de ver, mirar, hablar, probar, sobar y oler aquellos instrumentos maravillosos de ciprés, caí en la cuenta de que no me alcanzaba el presupuesto. A lo que nuestro buen amigo Manuel me preguntó si no había guitarrerías en Burgos.

Yo le dije que ni en Burgos ni alrededores, por lo que me animó a representar su marca, para lo cual compre con mi dinerito, seis guitarras de estudio que vendí en dos semanas.

Cuando volví de nuevo a la Calle Mayor, num. 11 de Madrid, me felicitó mi amigo Manuel y quedamos en que haría, para mí, una Guitarra Flamenca de Concierto. Así es que metí al coche otras seis guitarras de estudio, con la promesa de que a la vuelta estuviera ya La Guapa, que es el nombre que lleva mi guitarra desde entonces y de por vida.

Un sinfín de recuerdos y aventuras en, qué se yo, cuantos años de verdadera amistad que intentaré poner en negro sobre blanco para gloria de nuestro Artesano M.G. Contreras.

 

 

NOTAS:   MG o LARIOS

                La guitarra del Japonés

                El cambio por un violín

               Forma de pago  …

Ese cuerpo de mujer

Esa boca sonriente

De palosanto o ciprés,

Manuel Contreras presente.

Presente Manuel Contreras

Artesano universal

Nunca dejen de sonar

Las guitarras de solera.

              

              

 

A todas luces parecía que mi destino de currela impenitente estaba marcado por mi trabajo como bancario consolidado. Aquello suponía un colchón relajado y estable que me permitiría disponer de una pequeña independencia económica y, con esfuerzo, me propuse ahorrar para comprarme una guitarra a plazos. Todos los días me pasaba por la vitrina de la única tienda de instrumentos que había en el Paseo del Espolón y la contemplaba con la seguridad de que podría sacar de ella las cadencias flamencas que había guardado en mi memoria cuando niño. Había entrado a probarla varias veces y ya me conocía el dueño que me animaba a comprarla:

-Mira chaval, esta es la mejor guitarra que hay en la tienda -me decía-, es del taller valenciano de Vicente Tatay, pero esta la ha hecho don Vicente, personalmente.

 Me parecía una guitarra admirable con aquel brillo cristalino en su tapa de pino abeto y en la caobilla de los aros y del suelo, tenía en la boca una taracea moruna muy graciosa y adivinaba que sus cuerdas, todavía mudas, ya esperaban mis notas y mis rasgueos. Cuatro meses tardé en juntar los ahorros para la fianza y…

Cuando mi padre me vio aparecer en casa con la guitarra, sentenció:

-Este ya ha estudiao todo lo que tenía que estudiar… y, por lo que a mí me atañe, la afición no le viene de la sábana encimera, que yo sepa.

Fue a partir de entonces cuando comencé a frecuentar el Bar Patillas, lo recordaba de cuando niño me llevaba mi padre en sus “chiquiteos” domingueros y había sido testigo de alguna juerga mañanera. El Patillas es, todavía hoy, una taberna musiquera gustosamente ambientada con guitarras y laudes colgadas de las paredes para los tañedores y cantantes que acuden a diario. Allí, con la guitarra del mesón, pronto aprendí los acordes más elementales y alguna melodía en boga; luego en mi casa, con la emisora de  radio encendida, jugueteaba y me entretenía con mi ansiada guitarra tocando encima de aquella música tan claramente andaluza.

Aprovechaba cualquier momento para repetir con insistencia lo poquito que sabía y le sacaba cada vez algún nuevo matiz en la interpretación; En El Patillas conocí a un guitarrista flamenco ya retirado que aparecía por allí un par de veces al año y tuve la suerte de que se interesara por enseñarme; me puso un par de lecciones que me abrieron un mundo nuevo de posibilidades para entender la esencia y el compás del flamenco y me aconsejó:

-Está muy bien, muchacho, tú tienes facilidad para esto, pero si quieres tocar flamenco de verdad, no te desvíes, no quieras tocar de todo y procura que lo que toques te suene a eso, a flamenco.

Yo quiero pensar que aprendí a tocar en los escenarios, ya que, sin más técnica ni noción de música, parecía que aquello me sonaba medio regular y comenzaron a llamarme para recitales de guitarra, poesía y cante. Cuando mi abuela María, la panadera de Gamonal, supo de mi afición, le faltó tiempo para apuntarse el tanto:

-Este chiquillo -decía ufana-, va a resultar de los nuestros, como mi tío Nicolás que tocaba el laúd y cantaba como los ángeles… llevaba él una orquestina de música callejera que daba bailes, rondas y alguna boda postinera por los pueblos de la Ribera del Arlanza. En Villalmanzo le conocían por El Juglar de La Villa…  se acompañaba muy bien con la guitarra y acariciaba el laúd con un gusto exquisito. Le hacía hablar.

Con antecedentes musicales o no, pronto empecé a exhibir mi pequeño arte y recuerdo una ocasión que actué en el, ya desaparecido, Gran Teatro burgalés para un Festival Benéfico, que escuché entre bastidores el mejor halago que se le puede hacer a alguien que está empezando y viniendo, claro está, de otro guitarrista ya consagrado que fachendoso apuntó:

-Qué bien le suena la guitarra al chavalito este, para no tener ni puta idea… ha entendido muy bien el soniquete flamenco y parece que hasta lo más difícil lo hace sencillo.   

Pasión y tiempo he empleado en hacer lo que más me venía en gana, que no ha sido otra cosa que emular a los poetas del Pueblo con mis  coplas y mis romances y a los guitarristas que me han emocionado con sus notas más sentidas. Esta ha sido mi libertad más deseada y todavía hoy, pasados ya los años incontables, intento alguna nueva vibración hecha poesía e insisto durante horas con mi guitarra, si no para mejorar y ampliar el repertorio, por lo menos para que no se me olvide lo que tanto me ha satisfecho. Podría asegurar que El Flamenco ha sido mi verdadera pasión y mi filosofía, dígase una forma de concebir la vida que me ha regalado momentos emocionados y amigos inolvidables.

Es posible que alguna sombría alcoba se haya colado entre las habitaciones más soleadas de mi mente, y guarden en secreto algún pasaje de esta primera parte de mi historia, que no haya podido liberar en mi aventura autobiográfica, si bien espero haber provocado el interés de vosotros los lectores, por lo que he procurado aderezar, con mi gentil fantasía, las aventuras más afortunadas e inolvidables de mi existencia más amable.

                              GUITARRAS C ONTRERAS

 

Consolidado nuestro Grupo Flamenco Duende y después de la gira por Suiza, Almería, Valladolid, Burgos y provincia, decidí comprar una guitarra Flamenca de verdad y, animado por un amigo madrileño, nos desplazamos allí a La Corte para brujulear el mercado, y caímos, vive dios, en  la casa Guitarras Contreras.

Allí estaba Manuel Contreras con su pechera de artesano, y después de ver, mirar, hablar, probar, sobar y oler aquellos instrumentos maravillosos de ciprés, caí en la cuenta de que no me alcanzaba el presupuesto. A lo que nuestro buen amigo Manuel me preguntó si no había guitarrerías en Burgos.

Yo le dije que ni en Burgos ni alrededores, por lo que me animó a representar su marca, para lo cual compre con mi dinerito, seis guitarras de estudio que vendí en dos semanas.

Cuando volví de nuevo a la Calle Mayor, num. 11 de Madrid, me felicitó mi amigo Manuel y quedamos en que haría, para mí, una Guitarra Flamenca de Concierto. Así es que metí al coche otras seis guitarras de estudio, con la promesa de que a la vuelta estuviera ya La Guapa, que es el nombre que lleva mi guitarra desde entonces y de por vida.

Un sinfín de recuerdos y aventuras en, qué se yo, cuantos años de verdadera amistad que intentaré poner en negro sobre blanco para gloria de nuestro Artesano M.G. Contreras.

 

 

NOTAS:   MG o LARIOS

                La guitarra del Japonés

                El cambio por un violín

               Forma de pago 

Ese cuerpo de mujer

Esa boca sonriente

De palosanto o ciprés,

Manuel Contreras presente.

Presente Manuel Contreras

Artesano universal

Nunca dejen de sonar

Las guitarras de solera.

              

              

 

lunes, 28 de abril de 2025

SEGUIRILLAS Paco Arana

                                            SEGUIRILLAS   Paco Arana




Maldita la pluma,

maldito el papel

y el cartero que trajo la carta

maldito también.

Es la siguiriya gitana un grito que nace en el pecho del cantaor, como un incontenible borbotón de sangre oscura y resquemada que enrojece su voz áspera de tabaco y aguardiente y salpica a quien la escucha, de tragedias injustas, infamias solapadas muertes, desamparos, venganzas anónimas, prisiones angustiosas… Toda la pena irremediable que lleva consigo el hondo llanto del siguillero.

Ahondando en el álbum vivencial de mi memoria, me encuentro con mi llanto de cantaor frustrado y le busco a mi lenguaje, la palabra justa, el tono adecuado, el lamento, la sentencia y quisiera encontrar en mi sangre algún vestigio de cultura popular y rancia para poder cantar por siguirillas.

Ahora escucho la guitarra que me llama y me incita, que espera mi voz con su fantasía de acordes sobrios como golpes de martillo sobre yunque, sin filigranas ni falsetas coloristas, ni tonos brillantes; me llama y me espera tan sólo con su rasgueo justo, resonante y serio.

Me entono entonces con un “Ay” profundo y alargado y recorro con mi cante todo el laberinto musical que la siguirilla encierra; en su tercio final, mi voz casi no llega, se queja, pero se entrega y se destroza. Así quiero sentir yo la siguirilla, con su lenguaje de sentencias rancias, con la guitarra resonante y seria, con la garganta aguardentosa y destrozada, con su mensaje de queja y  de tragedia.

Patio de la cárcel

cuando pega el sol,

me s’alivian las penas e mi alma,

e mi corazón.

Así es la pena sin remedio que lleva el hondo llanto del siguiriyero.

 

 

 

 

sábado, 19 de abril de 2025

TANGUILLOS DE LA RESURRECIÓN

 

TANGUILLOS DE LA RESURRECCIÓN  Paco Arana


No lloréis santas mujeres

que Cristo ha resucitao

y está a laito del padre

y a su derecha sentao.

Rodeao de buena gente

y de buena voluntad,

comiendo del pan divino

que Cristo nos vino a dar.

Nos ve desde el alto cielo

sin intención de volver

que este mundo traicionero

no le debe convencer.

Y dice:

Venid todos a mi casa,

a la casa de mi padre

que no habrá pena ninguna

ni amigo que no se salve.

Venirse para la gloria

que no caven miserables,

tampoco los fariseos

y otras gentes despreciables.

 

Los mercaderes del Templo

tampoco pueden entrar,

a no ser que dejen todo

y me sigan sin dudar.

A no ser que dejen todo

y me sigan sin dudar.

Y dice:

 

Vente pa la gloria,

sentrañas mía,

vente pa la gloria,

que podamos todos,

cantar victoria.

 

miércoles, 16 de abril de 2025

 

 

IGNACIO DEL RIO  Paco Arana

                                      


Este pintor burgalés

Ignacio del Rio, amigo.

Personaje conocido

por su arte y su saber.

Anárquico y al revés,

autodidacta y valiente

me hizo un retrato de frente,

abrazado a mi guitarra

sin decir media palabra

todo esto en un santiamén.