jueves, 13 de mayo de 2021

 


                                    EL DESTINO DE CURRO          Amazón libros: Paco Arana

                                                                                                                                     

Cuatro años llevaba Curro apacentando las cabras del Remigio; desde que terminó la primaria y falleció su padre, no había hecho otra cosa en el pueblo, y ahora pensaba que el oficio de pastor no iba a ser para toda la vida ya que hablaba demasiado con su perro Fusco, muy poco con su madre, que trabajaba de sol a sol en el colmao de El Manisero y tampoco podía jugar con sus amigos ya que las cabras no distinguían de domingos ni festivos para descansar un solo día; por otra parte, se sentía incómodo y arrinconado a cuenta de los comentarios dañinos de las gentes del pueblo que relacionaban a su madre con don Licinio que así se llamaba el susodicho Manisero, por tal motivo decidió Curro poner tierra por medio e ir en busca de nuevas gentes y nuevos lugares donde iniciar otra vida, lejos de los de los poderosos e ilustres potentados de su pueblo.
Aquella misma noche escribió unas letras de despedida para su madre; dejó la nota sobre la mesa de la cocina, agarró un hatillo con ropa y comida y comenzó a caminar rumbo a la ciudad. A cada paso recordaba el contenido de su carta y cómo se podría apenar su madre al leerla. El texto decía así:                                                                                    
                       Querida madre:   

                       He decidido irme del pueblo porque ya me he cansado de apacentar las cabras y creo que me merezco otra cosa mejor, si puede ser bajo techao.  Seguramente en la ciudad encuentre un buen amo que no se aproveche de mí y me enseñe un oficio. Entonces podrá usted venir a vivir conmigo y dejar ese pueblo tan ladino y venenoso.    
                     No debe de preocuparse por mí que yo saldré adelante y no me va a faltar trabajo, comida y techo.
                   Me imagino que a usted  tampoco le ha de faltar. Además la puede ayudar el señor Licinio  que tiene de todo y será amable y generoso con usted.
                  Yo escribiré en cuanto llegue. Un Beso.
                                                   
                                                                                                     Curro
                  Se adentró el chaval por el atajo campo traviesa para ganarle tiempo a la jornada, pero al rato se le comenzaron a representar las sombras caprichosas de la noche que le perseguían y acorralaban. El búho y el mochuelo lanzaban sus gritos estrepitosos semejantes a voces humanas y el viento le zumbaba en los oídos como un coro de almas en pena que  agonizaban y volvían a elevarse con su ritmo agazapado, misterioso y eterno. Las nubes dibujaban sobre su cabeza tenebrosas y extrañas figuras que corrían veloces hacia el único carámbano de luz que habitaba en el siniestro paisaje, que se distanciaba cada vez más hasta perderse por aquella lejanía inalcanzable para sus medrosos pasos.
No reconocía el horizonte aunque lo había recorrido casi a diario con las cabras. La noche lo disfrazaba todo y asustado, dejó el viejo atajo de Cantidueñas y  retornó a la carretera general por miedo a perderse. El asfalto le marcaba el camino inconfundible hasta Burgos y aceleró el paso para llegar de madrugada.
Más de ocho horas anduvo Curro con su hatillo y sus pensamientos, pero al fin paseaba despacio y tranquilo por el centro, descubriendo aquella ciudad que había despertado a un nuevo día, para él, luminoso, inquietante y prometedor.
Ahora, debía de buscar trabajo y hospedaje.
Al llegar a un paso a nivel del ferrocarril, Curro interrumpió el paseo  colocándose al costado de varios  peatones que, como él,  esperaban  al tren cada vez más agrupados y cercanos a la vía. El tráfico rodado lo detenía el guardagujas que manejaba desde su caseta una manivela para bajar la barrera roja y blanca  con su soniquete de martillo sobre la campanilla.
El expreso Madrid Burgos le pasó tan cerca que tuvo la sensación de ser aspirado hacia sus ruedas por la fuerza del rebufo. Era la primera vez que veía el ferrocarril, y le impresionó tanto aquella violencia tan enorme y ensordecedora que llevaba que, se retiró prudentemente hacia atrás, y miró con mucho interés y  expectación hacia las ventanillas de los vagones curioseando a los pasajeros que viajaban en el interior. Pasaban velozmente ante sus ojos y por lo que él pudo apreciar, se le antojaba que eran personas importantes, distinguidas y felices.
Cuando terminó de pasar el vagón de cola, comenzó a cruzar al otro lado con el resto de los viandantes. Caminaba a su derecha una señora que, observando cómo se alejaba el  tren, exhaló un suspiro.
 -¡Quién pudiera! En cinco horas están en Madrid.
Sin perder el paso, aprovechó Curro el inciso y continuó hablando con aquella mujer de aspecto elegante y amable:
-Estoy buscando trabajo -la confió-. Acaso usted podría...
-Mira qué majo. Pues eso depende de lo que busques, chaval, pero dos calles más arriba, en el bar del Rojo, han puesto  una nota en la puerta, que se busca camarero o pinche... no lo sé. Mira a ver si tienes suerte.
No dudó Curro en acercarse y al doblar la segunda esquina, ya le llegó un olor a vinazo mezclado con el humo de los cigarros, fritanga y escabeche de barril. Entró decidido en aquel local alargado que desembocaba en una puerta comunicada con un patio de luces utilizado como almacén. Desde allí había acceso a un retrete muy estrecho que albergaba al fondo la  “turca“, un sencillo artilugio que marcaba con sus pedales la posición de los pies, y un agujero aparente donde practicar la puntería fecal. Una escobilla y un cubo con agua servirían para que  los usuarios vertieran inmediatamente después de mover el vientre.
El mostrador era bastante alto, con dos barras metálicas muy brillantes y  del mismo grueso, que sobresalían una a la altura de los tobillos y otra, metro y medio hacia arriba, aproximadamente sobre los codos de los  parroquianos, dependiendo de su altura. Detrás, se adornaba la pared con un gran espejo ilustrado con la imagen de marca de Anís El Mono y con varias baldas de vidrio superpuestas que contenían diferentes botellas de licor. Más abajo, tres pellejos se inclinaban en una rampa que dirigía sus canillas hacia una tabla alargada. Tinto, claro y blanco, rezaban los letreritos y cada uno goteaba sobre su bandeja de barro correspondiente.
Seis mesas de hierro y mármol contó Curro y varios bancos corridos en la pared, así como diferentes taburetes rodeando las mesas.
A esa hora, tan sólo dos descargadores de la alhóndiga, fornidos y remangados, comían un bocadillo y bebían vino en la barra.
-Venía por lo del anuncio -se dirigió Curro al dueño.
-¿Ya conoces el oficio, chaval?
-En mi pueblo ayudaba en una tienda de comestibles y licores –le mintió-.
¿De qué pueblo eres?
-De Pradoluengo.
 -¿Ya saben tus padres que vas a trabajar? -siguió preguntando El Rojo.
-Lo sabe mi madre -respondió.
-¿Y tu padre?
-Va pa cinco años que murió.
-Pues tendrás que trabajar sin remedio... bueno, te pondré a prueba unos días y si me sirves te puedes quedar. Estarás como uno más de casa: cama, comida, propinas y el lunes libre, por si quieres ir al pueblo. Aquí se paga por semanas, así que ojo con el cajón que los anticipos los doy yo ¿entendido?
Con estas recomendaciones comenzó el muchacho a trabajar y, ciertamente progresó con prontitud, sobre todo en atención a la clientela a la que, sorprendía sirviendo a cada uno la bebida y ración acostumbrada y  nombrándoles con gran familiaridad.
Tendría El Rojo unos cincuenta años; era un hombre fuerte y chaparro, de ojos azules y abultados, carrillos, nariz y pelo rojos, así como las manos, que se le habían enrojecido a cuenta de los sabañones invernales. Hacía así honor a su apodo de El Rojo, si bien es cierto que ni los propios parroquianos sabían si era su verdadero apellido o un sobrenombre, aunque, por su aspecto y su tendencia izquierdosa, estaba realmente atinado y él se identificaba y sentía conforme. Había puesto en el letrero  Bar El Rojo, y muy pocos conocían su verdadero nombre y apellidos. En su documento nacional de identidad, figuraba: Aurelio Tobar Rojo.
Buena gente El Rojo, mucho genio pero buena gente. Muy caritativo, generoso, desprendido, dispuesto y servicial. Muchas cualidades le adornaban, y como él mismo decía: “Para ser buena persona, tienes que ser un poco rojo y te tiene que gustar el vino, y si no malo.”
En verdad que lo del vino, no lo hacía mal. Llevaba dibujado en la cara el mapa completo de La Rioja, que lo había ido diseñando desde muy joven a base de muchos porroncillos de vino tinto y no pocas copas de orujo que se auto recetaba para soportar las duras madrugadas del invierno burgalés.
En aquellos días había en la ciudad escasez de casi todo, y el escabeche de chicharro y las cebolletas eran un lujo para los almuerzos de su taberna, el vino también hacía su labor y disimulaba el hambre complementando la dieta de entonces.
Concurrían en el bar varias cuadrillas, sobre todo, gente obrera: dependientes de comercio, braceros, descargadores, artesanos, militares... Había otros establecimientos de más alcurnia y prestigio, pero Curro se encontraba muy conforme con su destino en aquel bar. El trato con la clientela y las atenciones del Rojo le hacían plenamente dichoso.
Tres años llevaba el muchacho trabajando y alojado en su casa como uno más. Así se lo había prometido su jefe, y así se cumplía el trato.
Cercano estaba Curro a cumplir dieciocho años y alcanzaba ya una altura de casi metro ochenta donde se adivinaba un hombre recio, cerrado de barba, tupida y ensortijada cabellera negra, más bien tostado de piel y algo cejijunto. Se le habían desarrollado las líneas del rostro, pero conservaba la nariz con su antigua forma y tamaño de mozalbete, que resultaba de este modo chata y respingona conformando una simpatía natural en su perfil; nada quedaba de aquel aspecto montaraz que trajera el chaval de Pradoluengo y con sus  expresivos ojos negros y su inseparable sonrisa, saludaba siempre atento:
-A los buenos días, señores. ¿Lo de siempre?
Estaban próximas las fiestas de su pueblo, y Curro pidió cuatro días de permiso a su jefe:
-Mire usted, señor Aurelio, la verbena de la víspera, La Virgen, San Roque y el perrito, que en mi pueblo también se celebra y hacen un baile de disfraces muy divertido.
Aquella tarde viajaba Curro a Pradoluengo con una alegría especial. El Rojo le había repartido las propinas y se vestía de arriba a abajo con una nueva camisa blanca y pantalón de mil rayas que acababa de comprar en la feria del Carmen y aun así le habían sobrado unas pesetas para salir de francachela.
En el autobús se respiraba un ambiente muy animado. La mayoría del pasaje se desplazaba como él para disfrutar de aquel fin de semana festivo. Observaba Curro el panorama recordando la amarga noche de su partida a la ciudad y se reconfortaba con su actual situación pensando que se dejaría notar en el pueblo con su nueva apariencia y desenvoltura. Por supuesto, ya no era aquel zagal que salió del pueblo después de abandonar el rebaño de cabras del Remigio.
En efecto, Curro despertó cierta curiosidad entre sus paisanos. Querían saber de su nueva situación en la ciudad y él no reparó en alardes y  fanfarrias detallando la buena acogida que le habían dispensado en casa del Rojo, donde pretendía crearse un porvenir estableciéndose en la plaza:
-Es muy buena gente y estoy como en mi casa –le dijo a su madre para reconfortarla-. Mal me tendría que ver para volver a este pueblo.
Tres intensos días con sus alocadas noches estuvo Curro bebiendo y bailando en su pueblo natal. Apenas si durmió y, llegado el remate de la feria con la noche de disfraces, su cuerpo se rindió y cayó en la cama con un cansancio terrible y una pítima tal que no dejó el sueño hasta pasadas las ocho de la tarde del día siguiente.
Todavía recuerdan sus paisanos su ocurrencia al comentar en la taberna la sorpresa que se había llevado cuando, asomado a la ventana de su cuarto y sin consultar el reloj, miró hacia el monte y observando la puesta de sol convencido que era de amanecida, se manifestó asombrado:
-¡Esta es cojonuda! –y añadió-. Pero si sale el sol por Cantidueñas.
Había dejado muy buena impresión entre sus amigos y conocidos y, al día siguiente, volvía el muchacho a la ciudad y a su trabajo en el Bar.
Día a día destacaba por su dedicación y sus atenciones, pero la situación económica de su clientela habitual iba a menos, y estando Curro cercano a cumplir con el servicio militar, El Rojo le aconsejó:
-Mira, muchacho; este negocio da lo justo y, llegado a este punto, sobre que te van a reclutar en un par de años y no sabes dónde te van a destinar, te convendría sentar plaza de voluntario en el Regimiento de Intendencia y así tendrás el currusco asegurao para dos años… además podrás echarme una mano en el bar y ganarte un dinerito para tus gastos.
-Yo se lo agradezco mucho, señor Aurelio y mi madre más.
-Está bien, Curro. Ahora toma nota de las pautas que tienes que seguir para convivir a gusto con la soldadesca, es muy sencillo: ojo de lince, paso de buey, diente de lobo y hacerte el bobo.
No dudó Curro de los consejos del Rojo y en dos semanas se vio en el Campamento de Cubillo del Campo haciendo la instrucción y preparándose para la jura de bandera. “¡Soldados! juráis a Dios y prometéis a España, besando con unción su bandera, respetarla, defenderla… y dar si fuera posible hasta la última gota de vuestra sangre.”
                                      Resultado de imagen de jura de bandera, años sesenta
De tanto escuchar semejante arenga en los ensayos previos, cuando llegó el día de la jura, le sonaba todo aquello como una retahíla patriotera que no le aportaba ninguna sensación; sin embargo, le ocurrió que, mientras el capellán pronunciaba la frase de rigor ”-En función de mi sagrado ministerio...”, se sorprendió al ver entre el público asistente a su madre que le hacía señas con el pañuelo y, de forma natural, sin compungirse ni sollozar siquiera, comenzó a derramar un abundante lagrimeo, que tuvo que dejar caer sobre su pechera para no quebrantar la marcialidad de su postura de firmes.
Se sintió avergonzado de que le vieran llorar sus compañeros, pero cuando rompieron filas y pudo besar a su madre, los dos se emocionaron, suspiraron y enjugaron  juntos sus lágrimas:
-Mi Curro ya se ha hecho un hombre -gimoteaba su madre-, y qué guapo que estás con este uniforme hijo mío, si pareces un almirante.
                                     
Nuevamente se preocupó El Rojo de recomendarle para que le dieran un buen destino en el cuartel; para ello, habló con su amigo el teniente González y, en efecto, quedó liberado de los servicios de instrucción, guardias y cocinas, quedando a su servicio de asistente particular.
De Machaca se había empleado Curro en casa del teniente, el enchufe doméstico más deseado por la tropa para no vestir el uniforme militar y dormir en casa. Estaba el soldado  encantado con su nueva ocupación fuera del cuartel; no tocaba el mosquetón ni de broma, vestía de paisano desde primera hora de la mañana, tenía acceso a la cocina y a los víveres, y a partir de las cinco de la tarde, podía trabajar y pernoctar en la casa-taberna del Rojo. Su única responsabilidad era asistir a los mandaos en casa del teniente, y esto lo había asumido con una disciplina espartana.
Con su simpatía natural y su  buena disposición, Curro le cayó muy bien a la señora y acudía a diario para colaborar en ciertas labores. Se encargaba de servir el carbón y la leña, arreglar el jardín, traer los pedidos del economato, y lo más importante, llevar la comida su esposo cuando estaba de guardia en el cuartel.
A las diez en punto de la mañana se presentaba El Machaca en casa del capitán para atender los requerimientos de Purita, como la solía llamar cariñosamente su marido.
Tendría ella entre cuarenta y dos años largos, entradita en carnes, monilla de cara y de mediana estatura. Algo especial tenía esta mujer en su mirada vivaracha de ojos verde-gris y en su boca sensual y sempiternamente coloreada de rojo carmín; vestía la señora una bata roja, muy larga, que se cruzaba y anudaba en la cintura, llevaba su negra cabellera recogida en lo alto con un prensil y se solía calzar unas chanclas morunas que asomaban puntiagudas por debajo de su bata. Era esta mujer un torbellino andante de acá para allá de la casa, abriendo las ventanas, sacudiendo la ropa y moviéndolo todo mientras canturreaba al unísono con las canciones retransmitidas por la radio.
Se personaba Curro a la hora acordada con los encargos y todavía le tocaba  trocear la leña, encender la estufa y tirar la basura; después de estas labores se despedía hasta el día siguiente. Purita andaba por la casa con la radio puesta en la cocina a todo volumen para, de esta forma, poder doblar con su canturreo, las canciones de moda que se repetían día a día en Radio Nacional de España,  la emisora que llenaba los espacios con noticias oficiales, novelas rosas, fútbol y pandereta, mucha pandereta. “Mi jaca... galopa y corta el viento cuando paso por El Puerto, caminíto de Jereeeé”, sonaba la radio.
Cada día daba instrucciones a Curro y le entregaba una nota con las compras a realizar en el economato militar, así como el dinero justo para el pedido.
-Lo tienes que traer a las doce, antes no vengas que voy a salir y no quiero hacerte esperar. 
Una mañana Curro se atrevió a dirigirse a Purita para alabar su verdadero arte interpretando aquellas canciones:
-De verdad, señora, que canta usted muy bien. Da gloria escucharla, siempre con esa alegría.
-Yo iba para artista, chaval, pero se metió el teniente por medio y se acabó el cante, la copla y la vida bohemia.
Purita se iba poniendo frenética a medida de sus palabras y siguió cantando y bailando cada vez más apasionada al compás de la música, con una destreza y profesionalidad admirables. En sus contorsiones, descuidaba su atuendo y dejaba entrever por la abertura de su bata roja, aquellas torneadas y blanquísimas piernas. Curro creyó haberla visto el pubis en un par de gestos y la seguía observando cada vez con más fijeza.
Ella se acercó bailando y bromeando a su alrededor, al tiempo que aireaba a los lados su bata roja. Curro permanecía encandilado e inmóvil con el trasero apoyado sobre la mesa de la cocina y cuando finalizó la canción, se le abrazó Purita con la bata desanudada en actitud seductora y jadeante.
Le latía el corazón al Machaca con tal fuerza y celeridad que no fue capaz de rebelarse. Instintivamente la tomó por las nalgas y empezó a magrearla apretándola todavía más contra sí. Ella le ayudó a desabrochar su camisa y el cinturón de sus pantalones, y le descubrió el miembro que, totalmente erecto, acariciaba y masturbaba con alocada efusión.
Con aquella pasión, no tardó Curro en lanzar todo el semen sobre los pechos de la señora.
 Un tanto avergonzado, intentaba abrocharse los pantalones, y ella le habló entonces:
-Es la primera vez que estás con una mujer, ¿verdad? No te preocupes, pasa al cuarto de baño y date una ducha. Ahí tienes jabón y toallas.

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Cuando salió Curro del baño intentó disculparse, pero ella le insistió de nuevo:
                                   
-Ya te he dicho que no te preocupes. Ven hasta el dormitorio que estaremos más tranquilos. Ya te voy a enseñar yo a hacer gozar a una mujer, que tú eres muy jovencito todavía… aunque, tendrás alguna amiguita por ahí. ¿Eh?
En su primer lance, Curro dejó a la señora que iniciara sus caricias y besuqueos, y fue ella la que condujo también el coito, que acabó de forma estrepitosa y plena de satisfacción  para ambos amantes.
Cuando salió de la casa, caminaba temeroso por las calles, pensando en las consecuencias tan graves que podría tener tras aquella situación:
-¡La mujer del teniente! –reflexionaba.
Por otro lado, había sido una gozada. Su primera aventura amorosa, y no se lo podía contar a nadie.
-¡Qué peligro! –se repetía.
Todavía le olían las manos al cuerpo de aquella mujer y se excitaba de nuevo al recordar su aventura.
Pasó toda la tarde despachando vinos y bocadillos de escabeche en el bar. Estaba un tanto ausente y distraído sin poderse concentrar en el trabajo. Su jefe que se dio cuenta, le preguntó:
-¿Qué tal te va en casa del teniente? Me imagino que te tratarán bien.
-De verdad que muy bien señor Aurelio, no me puedo quejar.
-Espero que cumplas con esa gente. Él es un poco raro y celoso… claro que, como la llevará diez años por los menos... ahora, ella es de simpática y tiene una gracia andaluza...
-Eso sí que es verdad. Y cómo canta de bien.
A la mañana siguiente, se dirigía de nuevo al cuartel para ponerse a las órdenes del teniente, que como de costumbre estaba en el bar de oficiales de convite. Curro se cuadró ante él con la frase de rigor:
-A la orden, mi teniente.
-Está bien chaval. No te retrases, que tendrás cosas que hacer en casa.
Aquel día, le pareció que, en efecto, el teniente era demasiado mayor para su mujer, y además se sintió celoso imaginándoselos juntos.
De nuevo en la casa, Purita le ordenó los recados con bastante frialdad, sin sugerir confianza alguna, cosa que él agradeció, pensando que se liberaba de aquella situación tan comprometida y peligrosa.
Pasaron unos días con ese trato apático y desdeñoso, hasta que de nuevo  volvió la señora a conectar la radio y a doblar las canciones con su voz. “La Lirio, la Lirio tiene, tiene una pena la Lirio...” Cuando empezó otra vez con las canciones y el baile, Curro retornó a los placeres de la cama, sin olvidar el riesgo de verse descubierto. Por otra parte pensaba también que “este hombre podría conocer la situación y consentiría en ello”, sabiendo que Purita necesitaba satisfacer la necesidad sexual que él no podría atender. Posesiva ella, le intentaba sonsacar en ocasiones:
-Tú, chaval, con lo guapo que eres, ya tendrás alguna novieta por ahí. ¿Eh?
Dieciocho meses más estuvo el muchacho cumpliendo el servicio militar, y atendiendo los requerimientos amorosos con que le favorecía la señora, a la que, últimamente,  también llamaba Purita en los momentos más íntimos y excitantes. No había días concretos, la clave del encuentro erótico lo iniciaba ella con su baile sensual y provocador.
El día que Curro dio por cumplidas sus obligaciones con la Patria, se sintió verdaderamente triste. Su amancebamiento con aquella mujer le había calado tan hondo en su instinto afectivo, que le reclamaba nuevos encuentros con la música, el baile y el sexo a escondidas.
-Ahora tienes que pensar en hacerte un hombre de verdad –le dijo El Rojo la primera mañana que volvió a su trabajo en el bar.
-Tiene razón, señor Aurelio, con mis ahorros podría establecerme en el pueblo, aunque me da un poco de miedo; ya sabe que Castilla no perdona a los que se tuvieron que ir pobres y miserables y vuelven con pretensiones de prosperar en los negocios.
Aquella misma tarde apareció el teniente por el bar. Tomó un completo, con su  café solo, su copita de coñac y su correspondiente faria, y estuvo un buen rato charlando con El Rojo. Al tiempo de salir, se dirigió a Curro:
-Que tal, muchacho. Ya tendrías ganas de licenciarte. ¿No?
-La verdad que yo estaba muy a gusto ayudando en su casa, mi teniente.
-Pues ya podrías ir de vez en cuando a arreglarnos el jardín. Mi mujer se queja del nuevo asistente, que, por lo visto, no debe de tener ni idea de eso.
-Encantado, no se preocupe que yo me pasaré una mañana de estas.       



                 

miércoles, 28 de abril de 2021

LA CUEVA DEL PICO GRAJO

 

                                                  MANUEL CARVAJAL    Paco Arana


                                      


                         LA CUEVA DEL PICO GRAJO  Paco Arana

La cueva del Pico Grajo, donde vivió Pallalón, un gitano canastero guitarrista de pasión. Flamenco entre los flamencos, humilde de condición, el más rico de los pobres y el más pobre por su honor.

Tuvo su cueva encalada y limpio cada rincón, en su sitio cada cosa sin puerta y sin mirador… macetas con clavelinas y una mecedora al sol, un fogón pa la candela y un modesto peinador, un camastro de dos plazas testigo de un gran amor, y una bajañí moruna con el alma de bordón.

Fue… una noche en la cueva que el maestro Pallalón, le dio lección a un muchacho, que con su padre llegó. Cómo lloraba el gitano con lágrimas de emoción de ver al niño tocando de su arte lo mejor.

 

 

 

 

martes, 20 de abril de 2021

EL PINAR DE PRADOLUENGO

  CALCETINES DE REGOLUNA EN PRADOLUENGO Paco Arana 13-04-21


Si pudieran hablar estos pinos centenarios,

llegando al corazón de los nuevos habitantes

con este colorido, discreto y elegante,

con este disfraz de calcetín extraordinario.

Nunca serán el palo de un buque navegante,

ni tapa de cofre con caudales millonarios,

  tronco de guitarra y su tañido libertario

y menos, catafalco de difunto mal-andante.

Será siempre este pinar lugar de regocijo,

espacio singular de diversas reuniones

donde han de gozar chicos y grandes por fortuna.

Preámbulos de boda y felices compromisos…

amores, amoríos, bailables las canciones,

la panza, la música y la danza en Regoluna.

 

 

jueves, 8 de abril de 2021

RELATO TAURINO "DE SALÓN"

 

                                                           TOREO DE SALON    Paco Arana

                             


Fue allá por el año cuarenta y siete del pasado siglo XX, que se alojaba y estudiaba en la Residencia Universitaria de Madrid el bachiller Juan de Olmedo. Procedía el tal mozo de la muy noble y monumental ciudad de Burgos y pertenecía a la no menos noble y distinguida familia Olmedo, asentada con negocios de parada y fonda y descendiente por la rama materna de un su abuelo que fuera, tiempo ha, notario ilustre de la plaza.

Corrían en España los duros años de la posguerra con aquella economía de subsistencia y el consiguiente apuro económico que forzaba al ayuno, el reciclaje del vestuario y otras penurias como el racionamiento, la miseria, el trapicheo y el hambre... en Madrid, sobre todo, había mucha hambre.
Tenía Juan la encomienda de licenciarse en derecho y colegiarse en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, pero llegado el mozalbete a la villa y corte, descubrió antes que nada el ambiente madrileño con sus cines de barrio, sus verbenas callejeras, sus tablaos flamencos, y todas aquellas tascas llenas de encanto, que tanto le atraían y donde empleaba gran parte de su esfuerzo estudiantil desobedeciendo el compromiso que tenía con sus progenitores y en perjuicio, claro está, de su porvenir como abogado.
Había por entonces en el barrio de Embajadores una típica taberna fundada por el padre del torero Antonio Sánchez en 1.880, que era ateneo de intelectuales, artistas, y toreros. El establecimiento, apodado hoy en día La Taberna de los Tres Siglos, no podía ser más castizo y elegante; presidido por un  retrato del Maestro Antonio Sánchez, “el de las veinte cornadas veinte”, pintado por don Ignacio Zuloaga, que fuera íntimo del ex-matador y tabernero, y decorado además con cabezas de toro, carteles taurinos y fotografías antiguas de atractivos y legendarios personajes, daba al local un sello de rancias costumbres toreras y un peculiar estilo emanado, sin duda, del buen gusto y la casta de su dueño.
Situado en la Calle Mesón de Paredes, convertida en esos años en paseo y escaparate de todas las gatas nocturnas madrileñas, que, con  sus hechuras ceñidas de llamativa y provocadora indumentaria, se exhibían y ofrecían sexo por poco dinero y algo que llevarse a la boca; era el barrio de Embajadores, según qué hora, un desfile de licenciados y licenciosos, currelas de ocasión y vagos de oficio, estudiantes y desempleados, macarras y señoritos, maleantes y catequistas, putas callejeras, putas de burdel y otras damas de alta alcurnia; obreros y patronos, curas y militares, políticos y funcionarios... digamos que se congregaba allí lo más señorial y lo más canalla y variopinto  de la sociedad madrileña de la época.
                         

En aquel Mesón de Antonio Sánchez, se citaban a diario los personajes más pintorescos y eran bienvenidos los artistas de lo flamenco y de la copla, intelectuales campechanos, estudiantes ociosos, ricachones del estraperlo, antiguos ricos en la ruina y sobre todo aficionados y profesionales taurinos, tanto en activo como rancios maestros ya retirados y toda suerte de gentes del toro. Allí se gestaban tratos y se cerraban contratos de los empresarios con las cuadrillas de banderilleros, picadores, ayudas y mozos de espadas para novilleros y toreros de escalafón en las ferias de diferentes plazas de España.
Asesorados y guiados por la experiencia y el conocimiento de don Antonio Sánchez, a ratos solían hacer demostraciones del arte de torear en las diferentes escuelas de tauromaquia; el joven Juan de Olmedo, tentado por la curiosidad, se decidió a tomar el capote imitando a los toreros y así fue que, de forma espontanea, comenzó sus lecciones de salón. El ánimo del burgalés era tan solo conocer la técnica y la plástica de la tauromaquia, pues tenía el estudiante asegurado su condumio y un respetuoso pánico a los toros, con lo cual, no había cuidado de que se lanzara a los ruedos, así que imitaba sin recelo alguno el oficio de los maestros que frecuentaban la taberna.
El propio Antonio Sánchez y toda su sabiduría torera acumulada, les solía aleccionar con su acostumbrado gracejo verbal: “Baja la mano, muchacho y mete los riñones, la pata p`alante, crúzate con el toro para que no te parta el pecho, y no te rías, que esto es muy serio, coño; presenta la panza de la muleta y pegaíto al toro, sin ventajas ni camelos, que ahora todos meten el pico y ligan los pases a carrerillas...” también el torero albaceteño Pedro Martínez, Pedrés, era uno de los habituales de la taberna y, con todo el cariño del mundo, solía aleccionar también al estudiante burgalés: “Mira chaval -le decía-, en esto del toro se entra por hambre y luego viene la afición y el conocimiento, pero tú que no has conocido el hambre, dudo mucho que, con toda esa afición que te ha entrao de repente, puedas demostrar el valor que hace falta para estar ahí en la cara de los toros”.
Efectivamente el bachiller no había conocido sino el confort, el bienestar y las buenas pitanzas, pero estaba dispuesto a aprender  el oficio y no reparaba en prendas para congraciarse con aquellos maestros taurinos de excepción que le brindaban la oportunidad y toda su sabiduría torera.
Tenía el muchacho por naturaleza, amén de bien parecido, una educación exquisita y un verbo fluido de castellano puro, que caía muy bien en aquel entorno, así que pronto cosechó la amistad de los toreros. Se hacía acompañar don Juan de Olmedo de otro paisano y colega de la Universidad de Derecho, que era el complemento ideal de su aventura estudiantil, con el que además compartía habitación en la Residencia; se trataba de don Daniel de Carranza, un empollón desangelado y sin un duro en el bolsillo, que era, su apoyo en los estudios, equilibrio de sus posibles desmanes y aventuras varias y partícipe también del exceso de boyantía económica de Juan. 
Ambos frecuentaban la taberna y simpatizaban con el dueño y maestro Antonio Sánchez y toda la clientela taurina, pues disponía Juan de caudal sobrado para sus gastos y gustaba de hacer alarde y ejemplo de generosidad malgastadora con su inseparable e incondicional Carranza que le ayudaba en su empeño.
Continuó Juan con sus clases y fue aprendiendo el protocolo completo de una corrida de toros, allí se ensayaba todo y desde el paseíllo hasta la vuelta al ruedo iba el novel paso a paso siguiendo las instrucciones del Maestro; después de aquellos andares cadenciosos se imitaba el saludo a la presidencia montera en mano, la entrega del capote de paseo, la prueba de los capotes de brega, los clarines del “miedo” y los primeros lances con la larga cambiada y el remate de verónicas y media belmontina.
Su amigo Daniel tenía que tirar de él para que retomara los estudios en la Residencia, pues estaba Juan tan embelesado con su arte que no echaba cuentas de su porvenir como jurista. Mientras tanto, sus padres le seguían mandando cada quince días un generoso paquete con productos procedentes de la matanza de su tierra, que aunque muy bien embalados, despedía un olor inconfundible a lomo, chorizo, morcilla, jamón, queso y, como le comentara su amigo, hasta el mismísimo aire de la sierra que hubiera oreado los embutidos, traía encerrado el envoltorio de alimentos en cuestión.
No era de extrañar la frecuencia con que Juan visitaba La Taberna, pues podría coincidir tranquilamente con alguno de los grandes y dada su afición, era, para él, un placer compartir los diálogos con aquellos Marcial Lalanda, Nicanor Villalta, Parrita, Pedrés... afincados todos en Madrid y buenos amigos de don Antonio; su amigo Carranza solía abroncarle para que pusiera interés en la carrera y se alejara de La Taberna que tanto le tiraba y distraía; así que, orientado seguramente los padres de Juan, le iba metiendo cuñas, para que, siendo el palo de distinta madera fueran de mejor efecto que las de ellos mismos:
                  -Mira a ver, Juan que te estás tirando a la buena vida y, como sigamos así, para el próximo curso, se nos acaba el chollo universitario.
                   -No te apures Carranza que en mi casa no tienen tanta prisa para que yo me doctore en derecho, que ellos saben muy bien, por las batallitas de mi abuelo, lo difícil que es esto de las judicaturas.
                   -Ah, claro, y menos prisa tienes tú. Mientras te llegue el suministro y la paga... que vengan días y vengan ollas.
                   -De todas las maneras ya voy aventajado y he quedado una tarde con Pedrés que me va a enseñar la suerte suprema. ¿Qué te parece?
                 -Pues que tendrías que ir algún día a un tentadero para que vieras la verdad del cuento este tuyo de la plástica y la estética.
                  -Lo mío, Danielito, es arte puro, ya lo sabes.
      Allí seguía Juan practicando con Pedrés la suerte suprema, orientado por el maestro Antonio Sánchez que le iba recitando con todo aquel discurso lleno de sabiduría torera:
                   -A ver si nos entendemos, muchacho: Tú sales andando del último remate de la serie de muleta y se la dejas puesta al burel; le cuadras las patitas delanteras para que te enseñe el hoyo de las agujas y te colocas marcando el volapié, todo esto despacito, poco a poco, creando expectación, que se entere la gente; le vas acunando con tus palabras: !Eh mira, toro, eh! Le citas con la voz, le bajas la muleta con la izquierda hasta que se te llene la mano de baba y con la derecha y el brazo rígido, como una prolongación del estoque, te lanzas salvando la cornada y le dejas la espada hendida hasta la cruz. ¿Vale?
                         -Gracias, maestro. Así da gusto. Ya sólo me queda ensayar la vuelta al ruedo.
                          -Eso, Juan, será cuando le cortes las orejas a un toro. Intervino Pedrés. -Si quieres el próximo sábado que tenemos cena, la podemos ensayar, estás invitado. Ya hablo yo con tu compañero Carranza para que se venga contigo.
                          -Muchas gracias, Pedrés. Estaremos encantados, el vino corre de mi cuenta. ¿De acuerdo?
                         -De acuerdo, Juan de Olmedo.
Aquella noche se juntaron en la taberna la flor y nata de los aficionados taurinos de Madrid. Allí empezaron por sacar dos hogazas de pan tierno, y toda serie de embutidos de lomo, chorizo y salchichón con las correspondientes  frascas de vino a cuenta de Juan, buenos tacos de jamón y queso bien curado y media docena de morcillas. En animada conversación fueron devorando aquellos manjares y llegando a los postres, aparecieron en la mesa dos bandejas de torrijas, especialidad de la casa, y una lata de galletas de Loste.
Agradecido y algo confuso Juan de Olmedo por el detalle y las viandas, levantó su copa para hacer un brindis y pronunció un breve discurso lleno de emoción:
                   -Queridos amigos -empezó diciendo-. Levanto mi copa por la gran amistad y confianza con que me habéis admitido en vuestra casa y por toda la sabiduría taurina que me habéis transmitido que no voy a olvidar nunca. No voy a olvidar los momentos que hemos compartido  ni esta opípara cena con que habéis tenido a bien invitarnos a mí y a mi amigo Carranza. Muchas gracias.
Aplaudieron todos a Juan y tomó la palabra entonces el maestro Pedrés que le dijo:
                  -Nada que agradecer amigo Juan, tú te lo mereces todo y espero que no olvides nunca el arte que te hemos trasmitido, pero las gracias por la cena te las tenemos que dar nosotros a ti y a tu amigo Carranza que es quien nos ha traído de la Residencia Universitaria el paquete con todas estas raciones enviadas desde Burgos por tus padres. Así que venga un abrazo y que no vuelva a ocurrir.

Al toro de la ilusión
que despacio lo torea,
con que arte se recrea
en los pases de salón,
si tuviera corazón
si no conociera el miedo…
cuantos triunfos en el ruedo
si tuviera valentía
como tiene fantasía…
        ¡Qué lástima! Juan de Olmedo.


 

                                  


                                    

                


         

sábado, 20 de marzo de 2021

CARPETA AZUL



 

LA CARPETA AZUL  Paco Arana 2021





Esta carpeta azul de mis poemas, a este cautiverio condenados ¿verán quizás la luz de mi pasado o cenizas serán de alguna hoguera?

Por mor de libertad yo bien quisiera que cayeran por fin en buenas manos y anduvieran discretamente ufanos, perpetuando a su musa antes que muera: Quizás un trovador de nueva ola que a través de su voz ponga de moda los versos del inédito poeta, dejarán de penar en la carpeta, huyendo de una vida sin sentido que no quiso caer en el olvido.     21-03-21

 

 

martes, 16 de marzo de 2021

EL PERRO DEL PANADERO

 

          

                      EL PERRO DEL PANADERO     Paco Arana     22-07-18     


             



                                                                                                                 
Es realmente ingrato trasnochar, mal dormir y madrugar, para comenzar el día pasando del fuego de la boca del horno, al frío invernal  que se acentúa con el chorro de agua de la fuente que golpea sobre los calderos y me salpica los pies en su acarreo hasta el obrador.

Hay que amasar, hacer bolas, hornear, barrer los ladrillos candentes del suelo, y continuar con la hornada siguiente. Lo único que se hace por sí solo es fermentar la masa, que aún así podría complicarse si le atacase alguna corriente de aire "malino".

Con esta premisa, no puedo por menos que acordarme de aquel dicho que tan sabiamente repetía mi abuelo y que ahora se me antoja indiscutible. ¿Cómo era aquello?
¡Ah! Sí, ya lo recuerdo: “de panadero a cabrón, solo falta un escalón”.

Bueno, pues no sé si he bajado soñoliento al obrador, o lo he soñado, pero en el último peldaño de la escalera dormitaba tumbado mi perro Benifusco, que intentaba aprovechar con su barriga y sus patas todo el frescor de las baldosas. Me ha cedido el paso, me ha saludado con reverencia, creo, y se ha vuelto a su rellano dormitorio. No me fio mucho de este perro, me gustaba más su padre Fusco. Aquel difunto ejemplar sí que era un auténtico y verdadero amigo del hombre.

Este hijo de perra, es otra cosa, bueno, realmente es un macarra. Un engendro de aquel pointer de morro partido y una perdiguera legañosa, que dio como resultado este encaste golfo y bellezón, que desaparece cada noche con sus patitas blancas para irse de putas callejeras; motivo por el que ya le han partido la cara un par de veces y ha vuelto  a casa con alguna dentellada barriobajera.

Anselmo, el oficial amasador ha llegado tan puntual como siempre y hemos empezado la faena codo a codo. Todo ha ido de maravilla, da gusto trabajar con un obrero así; con qué agilidad y destreza han ido cayendo las hornadas una tras otra, hasta cuatro en total. Yo le veía entregado en su trabajo, como a un verdadero oficial de pala, que lo es, pero no podía hablarle, intentaba dirigirme a él y su cara se me trastocaba en la del perro; sus manos se llenaban de pelos y las uñas se le alargaban; tenía desabrochadas la camisa y el pantalón, y caminaba sobre sus dos patas traseras con gran agilidad mostrando su pechera, su barriga y su pijo encarnado y puntiagudo, apuntando al infinito.

Me ha ayudado incluso a dar el pan a la pala, cosa que nunca le hubiera permitido ni siquiera a mi mejor empleado, y con la cuchilla ha trazado un nuevo dibujo sobre la masa de las hogazas y los panes que a mí no se me hubiera ocurrido nunca, me ha dibujado un extraño pentágono, adornado con un agujero en el centro que reproducía su propia pezuña.

Este jodido perro me tiene abstraído, se me representa  a diario con su pelaje negro-brillante, sus ojos verde-gris y el lucero blanco que le adorna el centro de la frente.

Cuando ha bajado mi mujer al obrador, ha desaparecido Benifusco y, a partir de entonces, todo ha vuelto a la normalidad. Yo diría incluso que mejor de lo normal; curiosamente hoy no ha habido reproches, ni broncas, ni voces, ni disgustos.

Han empezado a llegar las primeras parroquianas y han elogiado el pan y al panadero también. Menos mal.

-Qué bendición de hombre tienes en casa, Amelia. -le han dicho a la parienta.- Vengo oliendo a pan nuevo desde la calle de en Medio, y te digo que esto es un verdadero manjar. Lo peor es que, mis hijos se lo van a comer como si fueran rosquillas.

Tumbado sobre un tablero de la panadería, con un saco doblado por almohada, he caído rendido en un sueño profundo y reparador, y al despertar me he encontrado otra vez con la mirada misteriosa de Benifusco que, seguramente, ha custodiado mi sueño.

Él espera una señal mía para saber si vamos a cazar. Me mira inquieto, a ver si me encinto la cartuchera, y entonces mueve la cola y levanta las orejas; tiene una algo caída y tronchada por los perdigones que yo le he ido alojando con mis disparos fallidos, y no le he hecho mucho caso, ya que me ha vencido el cansancio y me he dado otra cabezadilla. Entonces he soñado que estaba de cacería con él.

 Ha estado bien la cosa; no he acertado ni un solo tiro, pero me ha hecho dos muestras a la codorniz dignas de plasmar en un cuadro. Solo por esto y por el olor a trigo recién segado, ha merecido la pena el esfuerzo.

Ya de vuelta, Benifusco ha emprendido una carrera veloz hacia casa; yo le he llamado con insistencia pero él huía. Le he silbado para que volviera y ha hecho el amago, pero cuando se ha puesto a mi costado, no le reconocía, le he observado con atención y he visto que tenía la cara de Anselmo y corría a cuatro patas, semi-vestido con su camisa clara y sus pantalones grises; corría hacia la casa con sus zapatos traseros, sus pezuñas delanteras y su pijo puntiagudo y colorado,  seguramente, para encontrarse y retozar en mi ausencia con alguna de las perras callejeras que tanto le persiguen.




                       


               







jueves, 4 de marzo de 2021

EL LOCO DEL PARQUE


                                           EL LOCO DEL PARQUE   Paco Arana 
   
                                       A mi me llaman el loco

                             porque siempre estoy callao,

                             llamarme poquito a poco

                             que soy un loco de cuidao.    Popular


                           


Desde el día que nos impusieron el uso necesario de la incómoda y maldita mascarilla, no he vuelto a ver a aquel hombretón fornido y desquiciado, que se sentaba en su banco incompartible y solitario del parquecito recoleto de este barrio donde, cada medio día, acuden ancianos venerables con sus nietecillos, desempleados de larga duración, comadres efectivas, adolescentes cuadrillas, novios en capilla y afianzados matrimonios, colegiales del recreo y este hombre humilde y solitario que a veces se enfada y vocifera con algún improperio ininteligible, que incomoda un poco, pero nunca ofende.

Tiene este parque un pedregoso estanque, que a falta de aquellos  llamativos peces de colores, está ocupado por cientos de patos silvestres que hace ya unos años se atemperaron al menú del pan atrasao y otros chuches edulcorados, del que también disfrutan las palomas del aire callejero, por capricho y gracia de los animosos niños chicos.

El loco del parque, ha vuelto a las mañanas de sol primaveral y parece algo más triste y decaído que antes; con esto de la pandemia y el confinamiento, se nos ha pasado un año completo y ya le habrán caído a nuestro hombre los cincuenta por lo menos, y unos kilos  más de aquellos que llevaba en su cuerpo agigantado y molesto; además ahora masculla nuevos insultos y palabrotas, que escandalizan al mujerío y perturban el jugueteo de los peques.

Tiene reservado en exclusiva un banco propio con la seguridad de que nadie va a querer compartir un asiento a su lado, ya que ahora se le pegan a las comisuras de la boca unos espumarajos que él intenta sacudirse a zarpazos, pero que retornan y se asoman al momento, con el consiguiente repelús de los asiduos al parque.

A todas luces, parece que está solo, pero en el edifico de seis plantas que colinda con el parque, hay una ventana, siempre abierta, que vigila al trastornado protagonista de tan triste melodrama. Es su hermana, una mujer, ama de casa y madre de dos niñas, que vive en el cuarto piso de su mismo portal, justamente encima de su protegido y querido hermano y vigila desde allí sus movimientos, controlando la  reacción que le pudieran hacer las pastillas que toma a diario. 

 El peligro de un brote inmediato, esta agazapado en el instinto incontrolable de este hombre, que hace unos días se manifestó a la puerta de la bodeguilla de su calle y que gracias a la llegada sonora de una ambulancia, fue auxiliado por dos sanitarios que, allí mismo, le pincharon y atemperaron para trasladarle al hospital donde ha permanecido cinco días, una semana corta… pero ya le han dado el alta y le han dejado de nuevo en su casa, para que sea tan feliz junto a su hermana cuidadora, su barrio, su parque, sus patos, sus palomas, su bodeguilla, su banco solitario y sus pastillas salvadoras.

Pocas horas más se ha concedido este hombre para culminar la historia de su vida. De madrugada, llenó de agua caliente la bañera de su casa, se sumergió en ella y se cortó las venas. Una víctima más de los efectos colaterales de esta prolongada y maldita pandemia. 

                                Se abandonó a la locura,

                                se hizo el loco más loco

                                y acabó con su aventura.