PACO ARANA GUITARRISTA
PARA GUITARRAS
CONTRERAS
A todas
luces parecía que mi destino de currela impenitente estaba marcado por mi
trabajo como bancario consolidado. Aquello suponía un colchón relajado y
estable que me permitiría disponer de una pequeña independencia económica y,
con esfuerzo, me propuse ahorrar para comprarme una guitarra a plazos. Todos
los días me pasaba por la vitrina de la única tienda de instrumentos que había
en el Paseo del Espolón y la contemplaba con la seguridad de que podría sacar
de ella las cadencias flamencas que había guardado en mi memoria cuando niño.
Había entrado a probarla varias veces y ya me conocía el dueño que me animaba a
comprarla:
-Mira
chaval, esta es la mejor guitarra que hay en la tienda -me decía-, es del
taller valenciano de Vicente Tatay, pero esta la ha hecho don Vicente,
personalmente.
Me parecía una guitarra admirable con aquel
brillo cristalino en su tapa de pino abeto y en la caobilla de los aros y del
suelo, tenía en la boca una taracea moruna muy graciosa y adivinaba que sus
cuerdas, todavía mudas, ya esperaban mis notas y mis rasgueos. Cuatro meses
tardé en juntar los ahorros para la fianza y…
Cuando mi
padre me vio aparecer en casa con la guitarra, sentenció:
-Este ya ha
estudiao todo lo que tenía que estudiar… y, por lo que a mí me atañe, la
afición no le viene de la sábana encimera, que yo sepa.
Fue a
partir de entonces cuando comencé a frecuentar el Bar Patillas, lo recordaba de
cuando niño me llevaba mi padre en sus “chiquiteos” domingueros y había sido
testigo de alguna juerga mañanera. El Patillas es, todavía hoy, una taberna
musiquera gustosamente ambientada con guitarras y laudes colgadas de las
paredes para los tañedores y cantantes que acuden a diario. Allí, con la
guitarra del mesón, pronto aprendí los acordes más elementales y alguna melodía
en boga; luego en mi casa, con la emisora de
radio encendida, jugueteaba y me entretenía con mi ansiada guitarra
tocando encima de aquella música tan claramente andaluza.
Aprovechaba
cualquier momento para repetir con insistencia lo poquito que sabía y le sacaba
cada vez algún nuevo matiz en la interpretación; En El Patillas conocí a un
guitarrista flamenco ya retirado que aparecía por allí un par de veces al año y
tuve la suerte de que se interesara por enseñarme; me puso un par de lecciones
que me abrieron un mundo nuevo de posibilidades para entender la esencia y el
compás del flamenco y me aconsejó:
-Está muy
bien, muchacho, tú tienes facilidad para esto, pero si quieres tocar flamenco
de verdad, no te desvíes, no quieras tocar de todo y procura que lo que toques
te suene a eso, a flamenco.
Yo quiero
pensar que aprendí a tocar en los escenarios, ya que, sin más técnica ni noción
de música, parecía que aquello me sonaba medio regular y comenzaron a llamarme
para recitales de guitarra, poesía y cante. Cuando mi abuela María, la panadera
de Gamonal, supo de mi afición, le faltó tiempo para apuntarse el tanto:
-Este
chiquillo -decía ufana-, va a resultar de los nuestros, como mi tío Nicolás que
tocaba el laúd y cantaba como los ángeles… llevaba él una orquestina de música
callejera que daba bailes, rondas y alguna boda postinera por los pueblos de la
Ribera del Arlanza. En Villalmanzo le conocían por El Juglar de La Villa… se acompañaba muy bien con la guitarra y
acariciaba el laúd con un gusto exquisito. Le hacía hablar.
Con
antecedentes musicales o no, pronto empecé a exhibir mi pequeño arte y recuerdo
una ocasión que actué en el, ya desaparecido, Gran Teatro burgalés para un
Festival Benéfico, que escuché entre bastidores el mejor halago que se le puede
hacer a alguien que está empezando y viniendo, claro está, de otro guitarrista
ya consagrado que fachendoso apuntó:
-Qué bien
le suena la guitarra al chavalito este, para no tener ni puta idea… ha
entendido muy bien el soniquete flamenco y parece que hasta lo más difícil lo
hace sencillo.
Pasión y
tiempo he empleado en hacer lo que más me venía en gana, que no ha sido otra
cosa que emular a los poetas del Pueblo con mis
coplas y mis romances y a los guitarristas que me han emocionado con sus
notas más sentidas. Esta ha sido mi libertad más deseada y todavía hoy, pasados
ya los años incontables, intento alguna nueva vibración hecha poesía e insisto
durante horas con mi guitarra, si no para mejorar y ampliar el repertorio, por
lo menos para que no se me olvide lo que tanto me ha satisfecho. Podría
asegurar que El Flamenco ha sido mi verdadera pasión y mi filosofía, dígase una
forma de concebir la vida que me ha regalado momentos emocionados y amigos
inolvidables.
Es posible
que alguna sombría alcoba se haya colado entre las habitaciones más soleadas de
mi mente, y guarden en secreto algún pasaje de esta primera parte de mi historia,
que no haya podido liberar en mi aventura autobiográfica, si bien espero haber
provocado el interés de vosotros los lectores, por lo que he procurado
aderezar, con mi gentil fantasía, las aventuras más afortunadas e inolvidables
de mi existencia más amable.
GUITARRAS C ONTRERAS
Consolidado
nuestro Grupo Flamenco Duende y después de la gira por Suiza, Almería,
Valladolid, Burgos y provincia, decidí comprar una guitarra Flamenca de verdad
y, animado por un amigo madrileño, nos desplazamos allí a La Corte para
brujulear el mercado, y caímos, vive dios, en la casa Guitarras Contreras.
Allí estaba
Manuel Contreras con su pechera de artesano, y después de ver, mirar, hablar,
probar, sobar y oler aquellos instrumentos maravillosos de ciprés, caí en la
cuenta de que no me alcanzaba el presupuesto. A lo que nuestro buen amigo
Manuel me preguntó si no había guitarrerías en Burgos.
Yo le dije
que ni en Burgos ni alrededores, por lo que me animó a representar su marca,
para lo cual compre con mi dinerito, seis guitarras de estudio que vendí en dos
semanas.
Cuando
volví de nuevo a la Calle Mayor, num. 11 de Madrid, me felicitó mi amigo Manuel
y quedamos en que haría, para mí, una Guitarra Flamenca de Concierto. Así es
que metí al coche otras seis guitarras de estudio, con la promesa de que a la
vuelta estuviera ya La Guapa, que es el nombre que lleva mi guitarra desde
entonces y de por vida.
Un sinfín
de recuerdos y aventuras en, qué se yo, cuantos años de verdadera amistad que
intentaré poner en negro sobre blanco para gloria de nuestro Artesano M.G.
Contreras.
NOTAS: MG o LARIOS
La guitarra del Japonés
El cambio por un violín
Forma de pago …
Ese cuerpo
de mujer
Esa boca
sonriente
De
palosanto o ciprés,
Manuel
Contreras presente.
Presente
Manuel Contreras
Artesano
universal
Nunca dejen
de sonar
Las
guitarras de solera.
A todas
luces parecía que mi destino de currela impenitente estaba marcado por mi
trabajo como bancario consolidado. Aquello suponía un colchón relajado y
estable que me permitiría disponer de una pequeña independencia económica y,
con esfuerzo, me propuse ahorrar para comprarme una guitarra a plazos. Todos
los días me pasaba por la vitrina de la única tienda de instrumentos que había
en el Paseo del Espolón y la contemplaba con la seguridad de que podría sacar
de ella las cadencias flamencas que había guardado en mi memoria cuando niño.
Había entrado a probarla varias veces y ya me conocía el dueño que me animaba a
comprarla:
-Mira
chaval, esta es la mejor guitarra que hay en la tienda -me decía-, es del
taller valenciano de Vicente Tatay, pero esta la ha hecho don Vicente,
personalmente.
Me parecía una guitarra admirable con aquel
brillo cristalino en su tapa de pino abeto y en la caobilla de los aros y del
suelo, tenía en la boca una taracea moruna muy graciosa y adivinaba que sus
cuerdas, todavía mudas, ya esperaban mis notas y mis rasgueos. Cuatro meses
tardé en juntar los ahorros para la fianza y…
Cuando mi
padre me vio aparecer en casa con la guitarra, sentenció:
-Este ya ha
estudiao todo lo que tenía que estudiar… y, por lo que a mí me atañe, la
afición no le viene de la sábana encimera, que yo sepa.
Fue a
partir de entonces cuando comencé a frecuentar el Bar Patillas, lo recordaba de
cuando niño me llevaba mi padre en sus “chiquiteos” domingueros y había sido
testigo de alguna juerga mañanera. El Patillas es, todavía hoy, una taberna
musiquera gustosamente ambientada con guitarras y laudes colgadas de las
paredes para los tañedores y cantantes que acuden a diario. Allí, con la
guitarra del mesón, pronto aprendí los acordes más elementales y alguna melodía
en boga; luego en mi casa, con la emisora de
radio encendida, jugueteaba y me entretenía con mi ansiada guitarra
tocando encima de aquella música tan claramente andaluza.
Aprovechaba
cualquier momento para repetir con insistencia lo poquito que sabía y le sacaba
cada vez algún nuevo matiz en la interpretación; En El Patillas conocí a un
guitarrista flamenco ya retirado que aparecía por allí un par de veces al año y
tuve la suerte de que se interesara por enseñarme; me puso un par de lecciones
que me abrieron un mundo nuevo de posibilidades para entender la esencia y el
compás del flamenco y me aconsejó:
-Está muy
bien, muchacho, tú tienes facilidad para esto, pero si quieres tocar flamenco
de verdad, no te desvíes, no quieras tocar de todo y procura que lo que toques
te suene a eso, a flamenco.
Yo quiero
pensar que aprendí a tocar en los escenarios, ya que, sin más técnica ni noción
de música, parecía que aquello me sonaba medio regular y comenzaron a llamarme
para recitales de guitarra, poesía y cante. Cuando mi abuela María, la panadera
de Gamonal, supo de mi afición, le faltó tiempo para apuntarse el tanto:
-Este
chiquillo -decía ufana-, va a resultar de los nuestros, como mi tío Nicolás que
tocaba el laúd y cantaba como los ángeles… llevaba él una orquestina de música
callejera que daba bailes, rondas y alguna boda postinera por los pueblos de la
Ribera del Arlanza. En Villalmanzo le conocían por El Juglar de La Villa… se acompañaba muy bien con la guitarra y
acariciaba el laúd con un gusto exquisito. Le hacía hablar.
Con
antecedentes musicales o no, pronto empecé a exhibir mi pequeño arte y recuerdo
una ocasión que actué en el, ya desaparecido, Gran Teatro burgalés para un
Festival Benéfico, que escuché entre bastidores el mejor halago que se le puede
hacer a alguien que está empezando y viniendo, claro está, de otro guitarrista
ya consagrado que fachendoso apuntó:
-Qué bien
le suena la guitarra al chavalito este, para no tener ni puta idea… ha
entendido muy bien el soniquete flamenco y parece que hasta lo más difícil lo
hace sencillo.
Pasión y
tiempo he empleado en hacer lo que más me venía en gana, que no ha sido otra
cosa que emular a los poetas del Pueblo con mis
coplas y mis romances y a los guitarristas que me han emocionado con sus
notas más sentidas. Esta ha sido mi libertad más deseada y todavía hoy, pasados
ya los años incontables, intento alguna nueva vibración hecha poesía e insisto
durante horas con mi guitarra, si no para mejorar y ampliar el repertorio, por
lo menos para que no se me olvide lo que tanto me ha satisfecho. Podría
asegurar que El Flamenco ha sido mi verdadera pasión y mi filosofía, dígase una
forma de concebir la vida que me ha regalado momentos emocionados y amigos
inolvidables.
Es posible
que alguna sombría alcoba se haya colado entre las habitaciones más soleadas de
mi mente, y guarden en secreto algún pasaje de esta primera parte de mi historia,
que no haya podido liberar en mi aventura autobiográfica, si bien espero haber
provocado el interés de vosotros los lectores, por lo que he procurado
aderezar, con mi gentil fantasía, las aventuras más afortunadas e inolvidables
de mi existencia más amable.
GUITARRAS C ONTRERAS
Consolidado
nuestro Grupo Flamenco Duende y después de la gira por Suiza, Almería,
Valladolid, Burgos y provincia, decidí comprar una guitarra Flamenca de verdad
y, animado por un amigo madrileño, nos desplazamos allí a La Corte para
brujulear el mercado, y caímos, vive dios, en la casa Guitarras Contreras.
Allí estaba
Manuel Contreras con su pechera de artesano, y después de ver, mirar, hablar,
probar, sobar y oler aquellos instrumentos maravillosos de ciprés, caí en la
cuenta de que no me alcanzaba el presupuesto. A lo que nuestro buen amigo
Manuel me preguntó si no había guitarrerías en Burgos.
Yo le dije
que ni en Burgos ni alrededores, por lo que me animó a representar su marca,
para lo cual compre con mi dinerito, seis guitarras de estudio que vendí en dos
semanas.
Cuando
volví de nuevo a la Calle Mayor, num. 11 de Madrid, me felicitó mi amigo Manuel
y quedamos en que haría, para mí, una Guitarra Flamenca de Concierto. Así es
que metí al coche otras seis guitarras de estudio, con la promesa de que a la
vuelta estuviera ya La Guapa, que es el nombre que lleva mi guitarra desde
entonces y de por vida.
Un sinfín
de recuerdos y aventuras en, qué se yo, cuantos años de verdadera amistad que
intentaré poner en negro sobre blanco para gloria de nuestro Artesano M.G.
Contreras.
NOTAS: MG o LARIOS
La guitarra del Japonés
El cambio por un violín
Forma de pago …
Ese cuerpo
de mujer
Esa boca
sonriente
De
palosanto o ciprés,
Manuel
Contreras presente.
Presente
Manuel Contreras
Artesano
universal
Nunca dejen
de sonar
Las
guitarras de solera.