miércoles, 11 de junio de 2025

 

                                 PACO ARANA GUITARRISTA

                                PARA GUITARRAS CONTRERAS

              


      

A todas luces parecía que mi destino de currela impenitente estaba marcado por mi trabajo como bancario consolidado. Aquello suponía un colchón relajado y estable que me permitiría disponer de una pequeña independencia económica y, con esfuerzo, me propuse ahorrar para comprarme una guitarra a plazos. Todos los días me pasaba por la vitrina de la única tienda de instrumentos que había en el Paseo del Espolón y la contemplaba con la seguridad de que podría sacar de ella las cadencias flamencas que había guardado en mi memoria cuando niño. Había entrado a probarla varias veces y ya me conocía el dueño que me animaba a comprarla:

-Mira chaval, esta es la mejor guitarra que hay en la tienda -me decía-, es del taller valenciano de Vicente Tatay, pero esta la ha hecho don Vicente, personalmente.

 Me parecía una guitarra admirable con aquel brillo cristalino en su tapa de pino abeto y en la caobilla de los aros y del suelo, tenía en la boca una taracea moruna muy graciosa y adivinaba que sus cuerdas, todavía mudas, ya esperaban mis notas y mis rasgueos. Cuatro meses tardé en juntar los ahorros para la fianza y…

Cuando mi padre me vio aparecer en casa con la guitarra, sentenció:

-Este ya ha estudiao todo lo que tenía que estudiar… y, por lo que a mí me atañe, la afición no le viene de la sábana encimera, que yo sepa.

Fue a partir de entonces cuando comencé a frecuentar el Bar Patillas, lo recordaba de cuando niño me llevaba mi padre en sus “chiquiteos” domingueros y había sido testigo de alguna juerga mañanera. El Patillas es, todavía hoy, una taberna musiquera gustosamente ambientada con guitarras y laudes colgadas de las paredes para los tañedores y cantantes que acuden a diario. Allí, con la guitarra del mesón, pronto aprendí los acordes más elementales y alguna melodía en boga; luego en mi casa, con la emisora de  radio encendida, jugueteaba y me entretenía con mi ansiada guitarra tocando encima de aquella música tan claramente andaluza.

Aprovechaba cualquier momento para repetir con insistencia lo poquito que sabía y le sacaba cada vez algún nuevo matiz en la interpretación; En El Patillas conocí a un guitarrista flamenco ya retirado que aparecía por allí un par de veces al año y tuve la suerte de que se interesara por enseñarme; me puso un par de lecciones que me abrieron un mundo nuevo de posibilidades para entender la esencia y el compás del flamenco y me aconsejó:

-Está muy bien, muchacho, tú tienes facilidad para esto, pero si quieres tocar flamenco de verdad, no te desvíes, no quieras tocar de todo y procura que lo que toques te suene a eso, a flamenco.

Yo quiero pensar que aprendí a tocar en los escenarios, ya que, sin más técnica ni noción de música, parecía que aquello me sonaba medio regular y comenzaron a llamarme para recitales de guitarra, poesía y cante. Cuando mi abuela María, la panadera de Gamonal, supo de mi afición, le faltó tiempo para apuntarse el tanto:

-Este chiquillo -decía ufana-, va a resultar de los nuestros, como mi tío Nicolás que tocaba el laúd y cantaba como los ángeles… llevaba él una orquestina de música callejera que daba bailes, rondas y alguna boda postinera por los pueblos de la Ribera del Arlanza. En Villalmanzo le conocían por El Juglar de La Villa…  se acompañaba muy bien con la guitarra y acariciaba el laúd con un gusto exquisito. Le hacía hablar.

Con antecedentes musicales o no, pronto empecé a exhibir mi pequeño arte y recuerdo una ocasión que actué en el, ya desaparecido, Gran Teatro burgalés para un Festival Benéfico, que escuché entre bastidores el mejor halago que se le puede hacer a alguien que está empezando y viniendo, claro está, de otro guitarrista ya consagrado que fachendoso apuntó:

-Qué bien le suena la guitarra al chavalito este, para no tener ni puta idea… ha entendido muy bien el soniquete flamenco y parece que hasta lo más difícil lo hace sencillo.   

Pasión y tiempo he empleado en hacer lo que más me venía en gana, que no ha sido otra cosa que emular a los poetas del Pueblo con mis  coplas y mis romances y a los guitarristas que me han emocionado con sus notas más sentidas. Esta ha sido mi libertad más deseada y todavía hoy, pasados ya los años incontables, intento alguna nueva vibración hecha poesía e insisto durante horas con mi guitarra, si no para mejorar y ampliar el repertorio, por lo menos para que no se me olvide lo que tanto me ha satisfecho. Podría asegurar que El Flamenco ha sido mi verdadera pasión y mi filosofía, dígase una forma de concebir la vida que me ha regalado momentos emocionados y amigos inolvidables.

Es posible que alguna sombría alcoba se haya colado entre las habitaciones más soleadas de mi mente, y guarden en secreto algún pasaje de esta primera parte de mi historia, que no haya podido liberar en mi aventura autobiográfica, si bien espero haber provocado el interés de vosotros los lectores, por lo que he procurado aderezar, con mi gentil fantasía, las aventuras más afortunadas e inolvidables de mi existencia más amable.

                              GUITARRAS C ONTRERAS

 

Consolidado nuestro Grupo Flamenco Duende y después de la gira por Suiza, Almería, Valladolid, Burgos y provincia, decidí comprar una guitarra Flamenca de verdad y, animado por un amigo madrileño, nos desplazamos allí a La Corte para brujulear el mercado, y caímos, vive dios, en  la casa Guitarras Contreras.

Allí estaba Manuel Contreras con su pechera de artesano, y después de ver, mirar, hablar, probar, sobar y oler aquellos instrumentos maravillosos de ciprés, caí en la cuenta de que no me alcanzaba el presupuesto. A lo que nuestro buen amigo Manuel me preguntó si no había guitarrerías en Burgos.

Yo le dije que ni en Burgos ni alrededores, por lo que me animó a representar su marca, para lo cual compre con mi dinerito, seis guitarras de estudio que vendí en dos semanas.

Cuando volví de nuevo a la Calle Mayor, num. 11 de Madrid, me felicitó mi amigo Manuel y quedamos en que haría, para mí, una Guitarra Flamenca de Concierto. Así es que metí al coche otras seis guitarras de estudio, con la promesa de que a la vuelta estuviera ya La Guapa, que es el nombre que lleva mi guitarra desde entonces y de por vida.

Un sinfín de recuerdos y aventuras en, qué se yo, cuantos años de verdadera amistad que intentaré poner en negro sobre blanco para gloria de nuestro Artesano M.G. Contreras.

 

 

NOTAS:   MG o LARIOS

                La guitarra del Japonés

                El cambio por un violín

               Forma de pago  …

Ese cuerpo de mujer

Esa boca sonriente

De palosanto o ciprés,

Manuel Contreras presente.

Presente Manuel Contreras

Artesano universal

Nunca dejen de sonar

Las guitarras de solera.

              

              

 

A todas luces parecía que mi destino de currela impenitente estaba marcado por mi trabajo como bancario consolidado. Aquello suponía un colchón relajado y estable que me permitiría disponer de una pequeña independencia económica y, con esfuerzo, me propuse ahorrar para comprarme una guitarra a plazos. Todos los días me pasaba por la vitrina de la única tienda de instrumentos que había en el Paseo del Espolón y la contemplaba con la seguridad de que podría sacar de ella las cadencias flamencas que había guardado en mi memoria cuando niño. Había entrado a probarla varias veces y ya me conocía el dueño que me animaba a comprarla:

-Mira chaval, esta es la mejor guitarra que hay en la tienda -me decía-, es del taller valenciano de Vicente Tatay, pero esta la ha hecho don Vicente, personalmente.

 Me parecía una guitarra admirable con aquel brillo cristalino en su tapa de pino abeto y en la caobilla de los aros y del suelo, tenía en la boca una taracea moruna muy graciosa y adivinaba que sus cuerdas, todavía mudas, ya esperaban mis notas y mis rasgueos. Cuatro meses tardé en juntar los ahorros para la fianza y…

Cuando mi padre me vio aparecer en casa con la guitarra, sentenció:

-Este ya ha estudiao todo lo que tenía que estudiar… y, por lo que a mí me atañe, la afición no le viene de la sábana encimera, que yo sepa.

Fue a partir de entonces cuando comencé a frecuentar el Bar Patillas, lo recordaba de cuando niño me llevaba mi padre en sus “chiquiteos” domingueros y había sido testigo de alguna juerga mañanera. El Patillas es, todavía hoy, una taberna musiquera gustosamente ambientada con guitarras y laudes colgadas de las paredes para los tañedores y cantantes que acuden a diario. Allí, con la guitarra del mesón, pronto aprendí los acordes más elementales y alguna melodía en boga; luego en mi casa, con la emisora de  radio encendida, jugueteaba y me entretenía con mi ansiada guitarra tocando encima de aquella música tan claramente andaluza.

Aprovechaba cualquier momento para repetir con insistencia lo poquito que sabía y le sacaba cada vez algún nuevo matiz en la interpretación; En El Patillas conocí a un guitarrista flamenco ya retirado que aparecía por allí un par de veces al año y tuve la suerte de que se interesara por enseñarme; me puso un par de lecciones que me abrieron un mundo nuevo de posibilidades para entender la esencia y el compás del flamenco y me aconsejó:

-Está muy bien, muchacho, tú tienes facilidad para esto, pero si quieres tocar flamenco de verdad, no te desvíes, no quieras tocar de todo y procura que lo que toques te suene a eso, a flamenco.

Yo quiero pensar que aprendí a tocar en los escenarios, ya que, sin más técnica ni noción de música, parecía que aquello me sonaba medio regular y comenzaron a llamarme para recitales de guitarra, poesía y cante. Cuando mi abuela María, la panadera de Gamonal, supo de mi afición, le faltó tiempo para apuntarse el tanto:

-Este chiquillo -decía ufana-, va a resultar de los nuestros, como mi tío Nicolás que tocaba el laúd y cantaba como los ángeles… llevaba él una orquestina de música callejera que daba bailes, rondas y alguna boda postinera por los pueblos de la Ribera del Arlanza. En Villalmanzo le conocían por El Juglar de La Villa…  se acompañaba muy bien con la guitarra y acariciaba el laúd con un gusto exquisito. Le hacía hablar.

Con antecedentes musicales o no, pronto empecé a exhibir mi pequeño arte y recuerdo una ocasión que actué en el, ya desaparecido, Gran Teatro burgalés para un Festival Benéfico, que escuché entre bastidores el mejor halago que se le puede hacer a alguien que está empezando y viniendo, claro está, de otro guitarrista ya consagrado que fachendoso apuntó:

-Qué bien le suena la guitarra al chavalito este, para no tener ni puta idea… ha entendido muy bien el soniquete flamenco y parece que hasta lo más difícil lo hace sencillo.   

Pasión y tiempo he empleado en hacer lo que más me venía en gana, que no ha sido otra cosa que emular a los poetas del Pueblo con mis  coplas y mis romances y a los guitarristas que me han emocionado con sus notas más sentidas. Esta ha sido mi libertad más deseada y todavía hoy, pasados ya los años incontables, intento alguna nueva vibración hecha poesía e insisto durante horas con mi guitarra, si no para mejorar y ampliar el repertorio, por lo menos para que no se me olvide lo que tanto me ha satisfecho. Podría asegurar que El Flamenco ha sido mi verdadera pasión y mi filosofía, dígase una forma de concebir la vida que me ha regalado momentos emocionados y amigos inolvidables.

Es posible que alguna sombría alcoba se haya colado entre las habitaciones más soleadas de mi mente, y guarden en secreto algún pasaje de esta primera parte de mi historia, que no haya podido liberar en mi aventura autobiográfica, si bien espero haber provocado el interés de vosotros los lectores, por lo que he procurado aderezar, con mi gentil fantasía, las aventuras más afortunadas e inolvidables de mi existencia más amable.

                              GUITARRAS C ONTRERAS

 

Consolidado nuestro Grupo Flamenco Duende y después de la gira por Suiza, Almería, Valladolid, Burgos y provincia, decidí comprar una guitarra Flamenca de verdad y, animado por un amigo madrileño, nos desplazamos allí a La Corte para brujulear el mercado, y caímos, vive dios, en  la casa Guitarras Contreras.

Allí estaba Manuel Contreras con su pechera de artesano, y después de ver, mirar, hablar, probar, sobar y oler aquellos instrumentos maravillosos de ciprés, caí en la cuenta de que no me alcanzaba el presupuesto. A lo que nuestro buen amigo Manuel me preguntó si no había guitarrerías en Burgos.

Yo le dije que ni en Burgos ni alrededores, por lo que me animó a representar su marca, para lo cual compre con mi dinerito, seis guitarras de estudio que vendí en dos semanas.

Cuando volví de nuevo a la Calle Mayor, num. 11 de Madrid, me felicitó mi amigo Manuel y quedamos en que haría, para mí, una Guitarra Flamenca de Concierto. Así es que metí al coche otras seis guitarras de estudio, con la promesa de que a la vuelta estuviera ya La Guapa, que es el nombre que lleva mi guitarra desde entonces y de por vida.

Un sinfín de recuerdos y aventuras en, qué se yo, cuantos años de verdadera amistad que intentaré poner en negro sobre blanco para gloria de nuestro Artesano M.G. Contreras.

 

 

NOTAS:   MG o LARIOS

                La guitarra del Japonés

                El cambio por un violín

               Forma de pago 

Ese cuerpo de mujer

Esa boca sonriente

De palosanto o ciprés,

Manuel Contreras presente.

Presente Manuel Contreras

Artesano universal

Nunca dejen de sonar

Las guitarras de solera.