SEGUIRILLAS Paco Arana
Maldita la pluma,
maldito el papel
y el cartero que trajo la carta
maldito también.
Es la siguiriya gitana un grito que nace en el pecho
del cantaor, como un incontenible borbotón de sangre oscura y resquemada que enrojece
su voz áspera de tabaco y aguardiente y salpica a quien la escucha, de
tragedias injustas, infamias solapadas muertes, desamparos, venganzas anónimas,
prisiones angustiosas… Toda la pena irremediable que lleva consigo el hondo
llanto del siguillero.
Ahondando en el álbum vivencial de mi memoria, me
encuentro con mi llanto de cantaor frustrado y le busco a mi lenguaje, la
palabra justa, el tono adecuado, el lamento, la sentencia y quisiera encontrar
en mi sangre algún vestigio de cultura popular y rancia para poder cantar por
siguirillas.
Ahora escucho la guitarra que me llama y me incita,
que espera mi voz con su fantasía de acordes sobrios como golpes de martillo
sobre yunque, sin filigranas ni falsetas coloristas, ni tonos brillantes; me
llama y me espera tan sólo con su rasgueo justo, resonante y serio.
Me entono entonces con un “Ay” profundo y alargado y
recorro con mi cante todo el laberinto musical que la siguirilla encierra; en su
tercio final, mi voz casi no llega, se queja, pero se entrega y se destroza.
Así quiero sentir yo la siguirilla, con su lenguaje de sentencias rancias, con
la guitarra resonante y seria, con la garganta aguardentosa y destrozada, con
su mensaje de queja y de tragedia.
Patio de la cárcel
cuando pega el sol,
me s’alivian las penas e mi alma,
e mi corazón.
Así es la pena sin remedio que lleva el hondo llanto
del siguiriyero.