jueves, 21 de mayo de 2015

ROMANCE DE LA NOVIA GITANA









                                                 POEMAS                                                            
                                            De mi libro Flamencos y Taurinos
                                             Amazón libros: Paco Arana

                               ROMANCE DE LA NOVIA GITANA    
                                            Para mi amigo Bernardo, en su ausencia.   
                     
Quince años tiene la novia               sus requiebros amorosos
y quince tiene el mozuelo,                y sus quejidos flamencos,
ella es hija de gitanos,                      para que baile a compás
él de señores del pueblo.                  de guitarras y panderos.
Los dos suben cada tarde
cerca del camino nuevo,                    La Peñaranda, una tarde,
a extasiarse de miradas                     fue sollozando a su encuentro,
y a no decirse un requiebro…           tenía el corazón roto
han encendido una hoguera              de amargura y sentimiento:
que les abrasa por dentro.                 –Bernardo, dime que hago,
                                                              mira la pena que tengo,
Chiquita La Peñarana                        mi padre quiere casarme                        
y Bernardito  El Trovero,                   con un gitano del pueblo,
se aman sin ser amantes,                    ya han arreglado la boda
sin arrumacos ni besos.                       y no queda más remedio,
Se aman los dos, y saben                     que escapemos los dos juntos
que nadie debe saberlo,                       para vivir nuestro sueño.
se aman y se lo callan
y lo llevan en secreto…                       Bernardo todo palabras,
le ha hechizado la gitana                     se ha quedado en silencio
con algún conjuro viejo                       y tristemente callado
y el poeta iluminado                            desanda el camino nuevo.
bebe por ella  los vientos…
y la dedica sus coplas                          Ella es hija de gitanos,
sus romances y sus dejos                    él de señores del pueblo.                          
                              

                                      

martes, 19 de mayo de 2015

MÚSICO MENDIGO

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                                   MÚSICO MENDIGO

 

                                           De mi libro:   Flamencos y Taurinos                                                                 


Hoy en Burgos apenas si hemos visto el sol, una espesa niebla nos ha acompañado todo el día y, finalmente, la noche nos ha traído una brisa congelada que se nos mete hasta los mismísimos tuétanos.

Esta noche en Burgos hay alguien que va de paso, sin un destino concreto, posiblemente de hoy para mañana, según le traten. Ya veremos.

Su historia se va repitiendo día a día y ciudad por ciudad, su bagaje es siempre el mismo; le acompañan los recuerdos más íntimos, sus fotos y sus cartas personales, pedazos de otra vida quizás más afortunada, algunas viandas, en fin, todas sus pequeñas miserias; tiene instalado todo su ajuar en un carro de la compra deslucido, algo sucio y con las ruedecillas descentradas. Como siempre, colgada de su hombro, su inseparable guitarra.

Yo le he visto una noche en la Calle de los Herreros, bajo la luz de un rótulo grande de neón que anuncia un lujoso restaurante, tañendo por soleá su guitarra. Toca bien. Estaba allí sentado sobre un altavoz conectado a una batería y un micrófono de pinza, desgarrando lo más íntimo de su comunión con la música flamenca que siempre le acompaña. 

Tiene buena izquierda, en la guitarra, esta mano, es la que siente, por algo está más cerca del corazón; para combatir el frío, se ha puesto en la derecha un guante de lana negra con las puntas de los dedos recortados, que le impide una ejecución virtuosa y brillante que él suple con la hondura de sus notas. 

Su estuche está en el suelo abierto como una boca enorme de terciopelo rojo, que pide a gritos unas monedas para seguir haciendo su camino, para seguir a rastras con su vida y su soleá doliente y desolada.

El paisaje de la calle es de lo más pintoresco y el ambiente, aunque frío, es alegre y bullicioso; quien más, quien menos, deja algo de dinero suelto procurando que no suene al caer; algunos se detienen  un momento a escuchar y hacen corro, entonces él se crece y toca con más garra, se ensimisma, se ilusiona con su interpretación por soleá y consigue encandilar al gentío que aplaude y envía a los peques para que dejen sus monedas en el fondo del estuche.

Seguramente viene del Sur, a regalarnos con su música flamenca, con la misma que se inspiraron Falla, Granados y Albéniz, viene a poner un poquito de calor  en la fría noche burgalesa, pero la noche le vuelve la espalda y se disfraza de autoridad, se viste de policía local con sus botas de cuero negro, su impermeable azul y su gorra de plato; se ha puesto también, un correaje y una pistola al costado derecho para interrumpir al mendigo y desalojarlo de la vía pública como si de un maleante se tratara. El músico, que es sabio, obedece y contesta al policía:

      -Otra vez, no traigas la pistola para hacer callar a mi guitarra.

Hoy en Burgos, apenas si hemos visto el sol, una espesa niebla nos ha acompañado todo el día y, finalmente, la noche nos ha traído una brisa congelada que se nos mete hasta los mismísimos tuétanos.

                               En Amazón libros: Paco Arana
                                                                

viernes, 15 de mayo de 2015

LA BAILAORA ENAMORADA



                               

 

                                                                            

La noche ya se había puesto íntima antes de que Carmen emergiera en el proscenio bajo una luz tenue y difusa. Fundida en bronce, igual que una diosa griega, fue subiendo sus brazos lentamente en pos del ritmo sincopado de unas palmas y un cajón flamenco. Duró, como todo lo bueno, lo que dura un suspiro, una caricia, un olé a tiempo, una sonrisa, un susurro, un quejío, o un te quiero.
Una voz desgarrada y profunda, hizo que Carmen girara su figura hacia el rincón donde se hallaba el cantaor. Erguido, serio y juncal, estaba allí de negro riguroso al pie de una silla de enea pintada en rojo bermellón e iba desgranando sus coplas llenas de tragedia de amor y de secreto.
Se acercó la bailaora lentamente hasta ponerse de espaldas al coplero que cantándole al oído y despacito, la fue quitando de los hombros el mantón, para que luciera más aún las formas delicadas de su cuerpo. La Venus de la danza, como una jaca desbocada, requería a los duendes del misterio.

Las guitarras y sus dejos orientales también acudieron al evento y abrieron con sus notas gemidoras un coloquio sutil, enduendado y trémulo. No se puede tocar mejor por alegrías. La llamada, la escobilla, los desplantes y el paseo, todo tan brillantemente interpretado, llevaban a Carmen, acunada por el ritmo, a un viaje apasionado y satisfecho. 
Hechizados por la magia de la noche, surgieron más y más momentos de pasión y de locura. Sus pies alborozados, peinecillos y claveles en el pelo, el vaivén de sus caderas y sus ojos de misterio alzaban dos palomas de sus manos que volaban hacia el cielo.
La luz del claroscuro jugaba en rojo y malva cenital con pasos, desplantes y paseos que Carmen dibujaba en el espacio, asistida por el duende que asomaba y se evadía a su deseo.
Se dejó la piel por bulerías con un apasionado taconeo que pasaba de lento a trepidante, de muy fuerte a manejable, de amargo a placentero, y rozaba por momentos la intensísima agonía de su propio desaliento.
Jadeante, sudorosa y quebrada por el baile, se fue acercando poco a poco a la altura del flamenco y vuelta de espaldas nuevamente, otra vez, muy despacito, envuelta en la delicia de un arpegio, le devolvió su mantón sobre los hombros y se perdió entre las luces roja y malva que nacían desde el suelo.
La insistente ovación del auditorio, hizo que Carmen saliera al escenario varias veces a recoger el dulce alimento espiritual que requieren los artistas hasta que lentamente se atenuaron los aplausos y se sintieron los cuchicheos. Fue entonces cuando ella se perdió entre bastidores con su paso taciturno y lento.
Ya está Carmen otra vez frente al espejo solitario; la urgente luz del camerino descubre ahora su inmensa soledad, sola ella misma, sin boatos ni artificios, sin aplausos ni jaleos, sin compás ni melodía, sin el hondo suspirar de las guitarras ni la magia sin igual del cantaor y su voz de terciopelo. Dos lágrimas acuden a sus ojos por sorpresa, que ella deja resbalar hasta la boca comprobando el disgusto tan amargo que nos suele acarrear el desamor, el abandono y la idea inoportuna de los celos:
-¿Qué nos pasó?- Se pregunta llena de distancia, pesadumbres y desvelos; los fantasmas de la noche se instalan en su mente y prometen perseguirla hasta que llegue un día nuevo.
Un sollozo amargo se acurruca en su pañuelo y de nuevo se pregunta: “¿Quién recoge lo grácil de tus caricias, tus palabras amorosas y el sabor de aquella violencia incontenible que brotaba en nuestro encuentro?”
Todo se ha esfumado de repente como el carmín y el maquillaje de su rostro; su mantón traído de Manila y bordado de arabescos, sus zarcillos, sus peinetas, y sus viejas castañuelas reposan sobre la mesita del triste camerino, como un montón abandonado de infelices amuletos.
De nuevo en La Alameda, la luna de Sevilla, redonda como un farol y brillante como un espejo, golpeaba sobre el tejado del teatro, y un aroma hecho con flores de naranjos y limoneros, embrujaba los aires  de la noche y el ritual acompasado del paseo.        
Tan solo tenía que tomar un taxi para llegar, una vez más, a la habitación de un nuevo hotel, que siendo distinta casi siempre, es la misma cada noche: una enorme cama vestida con una colcha verde gris tornasolado y sus frías sábanas blancas, los espejos aburridos, las herméticas ventanas, las pinturas de los cuadros, y ese tufillo a rancio ambientador, empalagoso y tristón, que  Carmen ya conoce y tanto la desagrada.
Esta es su soledad más dura y prolongada… el insomnio la invita a la lectura en espera que aparezca el dios Morfeo y la saque de su agobio, pero todo se resiste y vuelve otra vez la ilusión de una nueva cita con aquel que es lo que más quiere, que la busca y la provoca cada tarde en el proscenio con el eco de su voz tan jonda y desgarrada, su estampa erguida de negro riguroso, el jugueteo del mantón, y el mensaje de amor que esconde en su mirada.
Ahora galopa por su entraña un caballo sin freno envuelto en rosas rojas y rabia congelada, es un potrillo perturbado que no emplea la razón y se destroza cada noche esperando el día que detenga su perfil amoroso el cantaor, y retorne a los suspiros de su almohada, al rumor de sus palabras amorosas y a la enorme excitación de un nuevo encuentro que devuelva el brillo también a su mirada.
Ese día, cuando Carmen suba de nuevo al escenario, quizás desaparezca el embrujo que  ponía en cada gesto de su raza bailaora, es posible que del antiguo menosprecio del coplero y de su rabia incontrolada brotara aquel baile único y genial que tantas estampas y emociones despertaba. Quien sabe… habrá que verlo.

                                                     Paco Arana, de mi libro Flamencos y Taurinos
                                                     Amazón libros : Paco Arana